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jueves, 30 de noviembre de 2017

El DSM-5. ¿Tenemos todos un trastorno mental?


Dime qué problema tienes y te diré que diagnóstico te corresponde. 



El DSM es el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, publicado por la APA (American Psychiatric Association), y es el referente en salud mental mundial. Es algo así como el vademécum para los médicos. 

El nuevo manual del DSM-V ha traído una gran polémica en la que se cuestiona si después de esta publicación y su puesta en marcha alguien podrá ser considerado normal. 

Una semana antes de que saliera el manual publicado, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EEUU sorprendieron a toda la comunidad al desvincularse de la nueva ‘biblia’ de la psiquiatría. Thomas Insel, director del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) decía en un artículo en el que anunciaba su intención de crear una nueva clasificación de trastornos mentales: “Los pacientes con enfermedades mentales se merecen algo mejor”. A lo que David J. Kupfer, coordinador de los equipos de trabajo que han elaborado el DSM-5 y último responsable de su edición, se limitó a responder que “no se puede suplantar al DSM-5”. 

Llama especialmente la atención la inclusión de tres nuevas modificaciones. 

  1. La primera de ellas es que el duelo normal ahora es una depresión mayor. Lo que nos hace pensar si realmente las farmacéuticas están detrás de este tipo de criterios diagnósticos. Si inmediatamente después de perder a un ser querido tienes un ánimo depresivo durante dos semanas, pierdes el interés en las actividades que antes te gustaban, tienes insomnio, pérdida del apetito y problemas para concentrarte, tienes un trastorno mental. Patologizar la vida diaria, el sufrimiento natural de vivir, está a la orden del día. No somos capaces de soportar un día de tristeza, aburrimiento o apatía. Queremos nuestra pastilla de la felicidad. Esa que te quita la tristeza como la aspirina hace desaparecer nuestro dolor de cabeza. De esta patologización de la vida diaria hablaba ya Allen Frances, que dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM), en una entrevista en El País.
  2. El Asperger se incluye dentro del espectro de autismo. Siendo el Asperger un diagnostico mucho menos invalidante, sin nombrar que estadísticamente va a crecer de forma considerable su diagnóstico. 
  3. El síndrome disfórico premenstrual pasa a ser una entidad independiente y se diagnostica cuando una semana previa a la aparición de la menstruación presentas siempre ánimo irritable, inestable, ansioso o depresivo. Y al menos cinco síntomas como problemas de concentración, fatiga, alteraciones del sueño o del apetito, etc. Hay estudios que indican que este es un trastorno más bien cultural, solo aparece en algunas culturas y no en todas. 

Estos diagnósticos oficiales pueden tener más impacto de lo que pensamos. Imaginen la repercusión en un juicio o para una baja médica. Sin ahondar en el tema de los beneficios monumentales que tiene para la industria farmacéutica al medicalizar conductas que están al borde de la patología. 

Sin embargo sabemos que este manual debe ser utilizado por personas con experiencia clínica, usándose como una guía que debe ser acompañada de juicio clínico, además de los conocimientos profesionales y criterios éticos necesarios. 

Tenemos que ser cautos y recordar que tras estos criterios que pueden llegar a catalogarnos de locos a todos, somos personas que sufrimos y reímos, que nos comportamos de una u otra manera según qué circunstancia. Y no olvidar que nuestros juicios clínicos pueden tener un gran impacto en la persona que acude en busca de ayuda, para bien o para mal. 


El Dr. Stephen Stahl (psiquiatra y autor del libro “Psicofarmacología Esencial) le da la bienvenida al DSM-V en un magnífico videoclip: 


  


Autora: Taís Pérez



jueves, 13 de junio de 2013

Lo que los médicos no saben acerca de los medicamentos que recetan



Cuando una nueva droga se prueba, los resultados de las pruebas tienen que ser publicados para el resto del mundo médico. Pero muchas veces, los hallazgos negativos o inconclusos no se informan, dejando a doctores e investigadores en la penumbra. En esta charla apasionada, Ben Goldacre explica por qué estas instancias de información negativa son particularmente confusas y peligrosas.

lunes, 27 de agosto de 2012

Medicamentos en busca de enfermedad

Fuente de la imagen: GETTY




Publicado originalmente en El País por Milagros Pérez Olivas. Rogamos por la calidad del articulo que lo difundáis citándola siempre porque tenemos la idea de seguir lo que publique sobre temas farmacológicos a partir de ahora.



La imagen de la Big Pharma ha sufrido un nuevo golpe. Dos grandes laboratorios farmacéuticos, GlaxoSmithKline y Abbott, han aceptado en las últimas semanas pagar multas astronómicas por haber incurrido en graves malas prácticas en la promoción y venta de medicamentos.
Ambas compañías se han reconocido culpables y han aceptado sendos acuerdos extrajudiciales para evitar males mayores, en el caso de que los procesos que se seguían contra ellas llegaran a juicio. Las malas prácticas reconocidas incluyen vender medicamentos para patologías en las que no están indicados, pagar a los médicos dádivas y sobornos para que los prescriban y, lo que es más grave, ocultar la existencia de efectos adversos.
En el trasfondo de estas multas multimillonarias subyace el giro estratégico emprendido por algunos laboratorios a finales de los años ochenta para incrementar los beneficios, no por la vía de obtener nuevos y mejores fármacos, algo que resulta cada vez más costoso, sino por la de conseguir nuevas indicaciones para sus viejos medicamentos. Esta estrategia incluye la creación artificial de enfermedades, lo que en inglés se conoce como disease mongering, es decir, el intento, muchas veces culminado con éxito, de convertir procesos naturales en la vida como la menopausia, la tristeza o la timidez, en patologías susceptibles de ser tratadas con fármacos.
Dos casos han contribuido a afianzar la imagen de villana que acompaña a la Big Pharma, para disgusto de los laboratorios serios y comprometidos, que deploran este tipo de comportamientos. El papel de héroe lo ha asumido en este caso el Gobierno de Estados Unidos, que bajo la presidencia del demócrata Bill Clinton decidió acabar con los abusos y desmanes en que incurrían algunas farmacéuticas dispuestas a saltarse las normas de la ética e incluso la ley para preservar la cuenta de resultados.
GlaxoSmithKline, la tercera mayor farmacéutica del mundo, con una facturación de 33.998 millones de euros en 2010, tendrá que pagar ahora 2.400 millones de euros por haber promovido durante años la prescripción en menores de un antidepresivo, el Paxil, autorizado únicamente para adultos por los efectos adversos demostrados en pacientes jóvenes; por haber indicado otro medicamento, el Wellbutrin, para procesos en los que no tenía actividad terapéutica demostrada, como la obesidad o la disfunción sexual; y por haber ocultado que uno de sus medicamentos más vendidos, el Avandia, aprobado para tratar la diabetes, aumentaba el riesgo de afección cardiaca.
El de GSK ha sido considerado el mayor fraude de la historia, pero no era el único. En mayo, la farmacéutica Abbott llegó a un acuerdo similar y aceptó pagar una multa de 1.225 millones de euros por haber extendido el uso de un anticonvulsivo aprobado en 1983 para tratar la epilepsia y el trastorno bipolar, a otras patologías en las que no tiene ninguna eficacia probada, como la agitación en ancianos con demencia senil. El laboratorio pagó durante 10 años a médicos y residencias de ancianos para que prescribieran el fármaco. También Pfizer aceptó pagar en 2009 una multa de 1.800 millones de euros por la promoción fraudulenta de otros 13 medicamentos.
En la mayor parte de estos casos subyace una misma estrategia: promover de forma fraudulenta el uso de fármacos en afecciones en las que no están indicados. Y una vez logrado, ocultar los efectos adversos para evitar perder mercado. La comercialización de Paxil en 1999 es un ejemplo paradigmático de disease mongering. Hasta ese momento se reconocía como entidad patológica la agorafobia, un trastorno muy severo por el cual las personas que lo sufren son incapaces de salir de casa y cuando lo hacen, pueden sufrir ataques de pánico. El lanzamiento de Paxil se centró en una nueva entidad, la fobia social, que daba mucho juego puesto que podía abarcar desde formas leves de agorafobia a la simple y llana dificultad para hablar en público. Paxil se presentó con gran acompañamiento mediático como la píldora de la timidez y el laboratorio eligió para su lanzamiento en Europa la ciudad de Londres, capital del reino donde, según el tópico, hay más tímidos.
El Paxil era en realidad un viejo antidepresivo, la paroxetina, que volvía al mercado con nuevos ropajes y, por supuesto, nueva indicación. Cuando desde los foros de salud pública se criticó al laboratorio por esta manipulación, sus responsables culparon a la prensa de la distorsión. Pero en su discurso ante la junta de accionistas, el que entonces era el máximo ejecutivo de la división responsable del nuevo fármaco, Barry Brand, fue bastante más sincero: “El sueño de todo comercial es dar con un mercado por conocer o identificar, y desarrollarlo. Eso es justamente lo que hemos logrado hacer con el síndrome de ansiedad social”, proclamó, entre grandes aplausos. Efectivamente, la evolución de la compañía en Bolsa así lo acreditaba.
En la misma época que el Paxil se comercializó toda una oleada de fármacos conocidos como las píldoras de la felicidad destinados a librarnos, a golpe de pastilla, de las angustias, temores, fobias y frustraciones que inevitablemente nos acompañan en la vida. En la mayoría de los casos eran principios activos con eficacia demostrada en muy acotadas patologías. El objetivo de la estrategia de comercialización era ampliar todo lo posible el campo terapéutico a cubrir.
En las últimas décadas, la industria se debate entre el viejo paradigma de buscar nuevos o mejores fármacos para las viejas y nuevas enfermedades, algo que resulta muy arriesgado, y el que defienden los ejecutivos más agresivos, muchos de los cuales no tienen ninguna relación con la farmacología, partidarios de recurrir a otras estrategias para aumentar los beneficios. Así se ha pasado muchas veces del viejo paradigma de “enfermedad en busca de medicamento” al mucho más lucrativo de “medicamento en busca de enfermedad”.
Esta estrategia, objeto de numerosos artículos en las revistas médicas, suele articularse en tres fases. En la primera se trata de identificar las patologías, próximas o no a la indicación inicial, en las que podría justificarse de algún modo la prescripción del fármaco. La segunda consiste en colonizar los medios de comunicación con estudios, reportajes y entrevistas, de apariencia independiente, sobre la importancia social de la patología a tratar, y lo mucho que sufren quienes las sufren. Una vez sensibilizada la población y las autoridades sanitarias, se pasa a la tercera fase: ofrecer la solución. Para lograr este círculo virtuoso es importante contar, si es posible, con el concurso de los propios pacientes.
En 1999 la oficina de Nueva York de PRNews contabilizó un millón de menciones del nuevo fármaco Paxil, el único aprobado hasta ese momento contra la ansiedad social. Una investigación posterior del diario The Washington Post reveló que entre 1997 y 1998 se habían publicado más de 50 reportajes extensos en la prensa norteamericana sobre lo terrible que era la ansiedad social y lo mucho que estaba aumentando.
A esa época pertenecen también los dos fármacos que mejor simbolizan los grandes réditos de esta estrategia: Viagra y Prozac. Poco antes del lanzamiento de Viagra, los problemas de la disfunción eréctil tuvieron una sorprendente atención en los medios de comunicación. Entre los estudios de mayor eco mediático figuraba uno que revelaba que nada menos que el 72% de los hombres entre 40 y 70 años de Estados Unidos sufrían algún tipo de dificultad a la hora de conseguir la erección, lo cual resultaba terriblemente alarmante para los expertos que opinaban sobre el tema. La píldora azul ha tenido tal éxito que no solo se prescribe en los casos de auténtica disfunción eréctil, sino en muchos otros en los que es dudoso que tenga alguna eficacia. Últimamente se usa también con fines recreativos, para prolongar la erección. No existen estadísticas precisas de las víctimas, incluso mortales, de estos abusos, pero las hay.
La fluoxetina, el principio activo de Prozac, se aprobó en Estados Unidos en 1992. Llegó a España en 1997 precedida por una intensa y exitosa campaña que incluía menciones elogiosas en obras literarias y cinematográficas. La comercialización de Prozac incorporó una novedad: por primera vez los laboratorios no se dirigían a los médicos para aumentar la prescripción, sino a los posibles usuarios. Como era de esperar, batió el récord de progresión de ventas de un fármaco. Ya en el primer año se vendieron dos millones de unidades, la mayor parte con cargo a la Seguridad Social, a la que se le pasó una factura de 9.200 millones de pesetas.
Para hacerse una idea de lo que esa cifra representa basta con recordar que el lanzamiento de Prozac coincidió con la promulgación de la normativa que introducía en España la comercialización de genéricos y el sistema de precios de referencia. La aplicación combinada de esas dos medidas debía producir el primer año un ahorro de 8.000 millones. Prozac se comió todo el ahorro previsto.
Siguiendo fielmente la pauta del disease mongering se presentó también el fármaco que debía ayudar a las mujeres a superar esa fase tan terrible de la vida que es la menopausia, protegerlas del infarto y la osteoporosis y garantizarles poco menos que la eterna juventud: la controvertida terapia hormonal sustitutoria. De nuevo llegó al mercado precedida de un gran número de reportajes e informes sobre las consecuencias de la menopausia, que no solo trae sofocos, sequedad vaginal, aumento de peso y dificultades para dormir, sino graves riesgos para la salud. Varios estudios habían mostrado que la caída de estrógenos tras la menopausia hace perder a las mujeres la protección que tenían frente al infarto y acelera la pérdida de masa ósea. Todo ello era cierto, pero no lo era tanto que el nuevo fármaco tuviera los efectos protectores que proclamaba. A pesar de ello, se presentó como la gran panacea. Como ocurrió en otros países, los jefes de ginecología de los principales hospitales españoles convocaron a la prensa para recomendar que la terapia fuera administrada con carácter preventivo a todas las mujeres a partir de los 50 años y por un periodo de por lo menos 10. Afortunadamente, la Seguridad Social no les hizo caso.
Durante los años siguientes se produjo un goteo de estudios que alertaban de los posibles efectos adversos de esta terapia. En 2002, cuando en España ya la habían tomado más de 600.000 mujeres y en Estados Unidos más de 20 millones, llegó el “jarro de agua fría a la eterna juventud femenina”, para utilizar la expresión con que tituló la crónica el diario The New York Times. La FDA interrumpió de golpe un estudio en el que participaban 16.000 mujeres, el Women Health Iniciative, que debía demostrar todas las bondades y efectos preventivos por los que se estaba recetando. El estudio debía finalizar en 2005, pero los resultados preliminares indicaban que el tratamiento no solo no tenía los efectos protectores sino que a partir de los 5,2 años de tratamiento, aumentaba el riesgo de sufrir cáncer de mama invasivo y accidente cerebro-vascular. Con el tiempo se ha visto que el fármaco tiene su utilidad en casos muy concretos y muy cuidadosamente evaluados, pero nunca debe administrarse, como se pretendió, como tratamiento preventivo con carácter general y menos como “píldora” para combatir el miedo a envejecer.
Mientras tanto, nuevos síndromes han aparecido y son objeto de intensas campañas para que se les reconozca como patología tratada. Nuevos fármacos se suman a la estrategia del disease mongering. La polémica se centra ahora en el amplio abanico de los trastornos de la personalidad, el desorden bipolar y el déficit de atención.

Efectos adversos que no debían salir a la luz 

En 2004 se supo que GSK había ocultado que entre los niños y adolescentes tratados con Paxil se producía una mayor tasa de pensamientos y conductas suicidas. Al ser descubierta, la compañía llegó a un acuerdo extrajudicial y se comprometió a publicar todos los datos de sus estudios clínicos. Mientras tanto, la investigación de este y otros casos motivó en 2007 un cambio legislativo en Estados Unidos que obligó a las farmacéuticas a publicar todos los datos de los estudios clínicos que hicieran. Esta normativa es la que permitió descubrir que GSK había ocultado también datos comprometedores de su fármaco Avandia, que se recetaba para tratar la diabetes. 
La farmacéutica había iniciado en 1999 un estudio secreto para averiguar si Avandia era más seguro que su competidor Actos, de la empresa Takeda. Los resultados fueron desastrosos: no solo no era más eficaz, sino que presentaba un significativo mayor riesgo de daño cardiaco. Estos resultados deberían haberse comunicado a las autoridades sanitarias, pero en lugar de hacerlo, la compañía hizo todo tipo de maniobras para evitar que trascendieran. Una investigación del diario The New York Times reveló en 2010 diversos correos internos entre directivos en los que se advertía de que los datos del estudio no debían ver, bajo ningún concepto, “la luz del día”. 
Los riesgos de Avandia fueron confirmados en un estudio independiente de un cardiólogo de Cleveland. GSK reconoció que conocía los riesgos de Avandia desde 2005, pero las investigaciones posteriores indican que la compañía ya tenía conocimiento de los efectos adversos no declarados desde antes de su comercialización, en 1999, y no solo permitió que se prescribiera sin ninguna advertencia, sino que hizo todo lo posible por ocultarlo sabiendo que había alternativas más seguras para los pacientes. 
Que Avandia mantuviera su cuota de mercado era una cuestión estratégica para GSK, en un momento en que su portafolio estaba huérfano de nuevos productos. Entre los documentos conocidos ahora figura un informe interno, en el que la compañía evaluaba el coste que tendría la revelación de los efectos adversos: 600 millones de dólares solo entre 2002 y 2004.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Efectos de la mefloquina en las tropas estadounidenses en Afganistán

El sargento Robert Bales en una foto personal distribuida por el canal CBS.


La "malaria y la masacre" es un articulo publicado por el periodista: David Alandete en su blog Barras y Estrellas. Creemos que es importante darlo a conocer aqui porque los efectos psicológicos secundarios de los medicamentos que se administran a los soldados y personal destacado en misiones de guerra o mantenimiento de la paz os pueden interesar como futuros profesionales de la psicología. No cabe duda que nuestro país España se ha visto implicada aunque sea a un nivel menor en los conflictos en los que hemos ido con otros países: Bosnia, Kósovo, Líbano, Iraq o Afganistán. 
No han sido algo esporádico o tangencial, los conflictos modernos implican no solo el desplazamiento de soldados sino también periodistas, persona médico, trabajadores para agencias del desarrollo, etc. Esta claro para todos los que tenemos alguna formación e interés en psicología de la guerra y de los conflictos que mucho tiempo despues de que haya terminado un conflicto las secuelas psicológicas son todavía presentes. Es un tema en el que nos quedan muchas cosas que decir y sobre el que haremos publicaciones más especializadas. El caso del sargento Robert Bales y la matanza indiscriminada de civiles afganos que llevo a cabo no me ha sorprendido y tengo claro que es un tema que vamos a tener que tratar más veces.

Nerviosismo o angustia extrema. Depresión. Cambios de estado de ánimo. Ataques de pánico. Confusión. Alucinaciones. Tendencias violentas. Pérdida de contacto con la realidad. Miedo a que los demás puedan dañarle.
Son los efectos de mefloquina, comercializada en EE UU como Lariam, la medicina que los soldados norteamericanos toman en Afganistán para prevenir la malaria. Esta semana, el Pentágono ha ordenado que se analice si procede mantenerla en uso, una revelación que llega sólo tres semanas después de la matanza de civiles a manos del sargento Robert Bales, cuya defensa alegará inestabilidad mental.
La malaria (o paludismo) la provoca un parásito que transmite un mosquito. Causa, sobre todo, anemia y altas fiebres. Puede ser fatal en cuestión de horas después de haberla contraído. No hay vacunas comercializadas contra ella. Y la única forma de tratarla es con la toma diaria de medicamentos que la previenen.
Uno de los más comunes es atovaquone/proguanil, que se vende como Malarone, que tiene pocos efectos secundarios, como diarrea o mareos. Aun así, una pastilla por día y paciente cuesta unos 200 dólares mensuales. Por mefloquine se paga casi la mitad. Y es la que elige el Pentágono para darle a sus menos de 100.000 soldados en Afganistán.
Kabul, por ejemplo, no es una zona de riesgo, por su altitud. La malaria es más común en el sur, en los bastiones talibanes de Helmand y Kandahar. El Gobierno de EE UU recomienda tomar la medicación entre abril y diciembre en zonas de altitud de menos de 2.000 metros. Aun así, los soldados suelen tomar la medicación todo el año, en todas las zonas.
Tomé Lariam cuando estuve en Afganistán en septiembre, y el efecto, sobre todo durante las primeras dosis, es ciertamente extraño. El paciente vive la primera semana en un estado de inquietud permanente. Es algo que todos los soldados compartían: ese medicamento, junto a los antibióticos que toman a diario, provoca sequedad en la boca y cierta sensación de nerviosismo y desasosiego, que poco a poco va decreciendo. En algunos soldados, la sensación inicial es tan intensa, que simplemente deciden no tomar la medicina.
Ahora se ha sabido que el 20 de marzo, el subsecretario de Defensa para Asuntos de Salud, Jonathan Woodson, ordenó una revisión de las dosis de mefloquina y de cómo se estaba administrando a los soldados. Según un informe interno del Pentágono, a Woodson le preocupaba que “algunos soldados de servicio reciban mefloquina para la profilaxis de malaria sin haber sometido la documentación pertinente de su historial médico, y sin inspecciones médicas para determinar si hay contraindicaciones”.
Diversos expertos médicos han expresado preocupación en los pasados días sobre el uso de esa sustancia y han pedido al Pentágono que determine si el sargento Bales estaba siendo tratado con ese medicamento, algo que, dicen, podría haber agravado una preexistente condición psiquiátrica. Los periodistas Mark Benjamin y Dan Olmsted investigaron en 2004 los efectos de ese medicamento en seis soldados de las fuerzas especiales de EE UU que se suicidaron.
Es cierto que desde hace años se ha proyectado la sombra de la duda sobre el medicamento y sobre su posible efecto e influencia en casos de suicidio. Pero Bales llevaba a cuestas tres servicios en Irak, donde es muy probable que recibiera el medicamento y se hubiera acostumbrado a él, y la matanza no ocurrió nada más llegar a Afganistán, sino meses después. Puede, aun así, que su defensa aproveche el argumento como un factor en su gran estrategia de retratar la historia de una enajenación.

jueves, 8 de marzo de 2012

El marketing de los fármacos: Adicción y Dependencia


Aunque los psiquiatras y las empresas farmacéuticas admitirán a regañadientes la mayoría de los efectos secundarios de los fármacos psicotrópicos, hay uno más que casi nunca mencionan: la adicción.

viernes, 2 de marzo de 2012

El marketing de la locura: Vendiendo una enfermedad


Este video básicamente denuncia que los grandes laboratorios utilizan una estrategia de tres pasos para comercializar medicamentos psicotrópicos: elevar la importancia de las condiciones, redefinir una condición existente y crear una condición nueva para una necesidad del mercado sin satisfacer. Técnicamente exageran las enfermedades para justificar que los psiquiatras receten un medicamento.

martes, 1 de febrero de 2011

Sobre la hoja de coca y su utilización tradicional en la fitoterapia



Por: Dr. Carlos Terrazas Orellana

Según una profecía andina: la hoja de coca representa para los indígenas; la fuerza, la vida, es un alimento espiritual que les permite entrar en contacto con sus divinidades “Apus, Achachilas, Tata Inti, Mama Quilla, Pachamama”. Mientras que para sus enemigos, la coca es una causa de locura y de dependencia...”
Durante siglos, la coca fue considerada como una planta milagrosa dotada de virtudes extraordinarias. Hasta que los occidentales, extraeron de la planta la cocaína. La panacea se transformó en una arma fatal. Los intereses político-económicos se apoderaron de la controversia y penalizaron a la planta sagrada, condenándola a desaparecer.
Cuando los españoles conquistaron las sociedades andinas, vieron que la coca era cultivada y la atribuían poderes mágicos. Ella estaba íntimamente ligada a las costumbres religiosas de las poblaciones nativas. Según las leyendas transmitidas de generación en generación. Manco Kapac, “el escogido” hijo del dios Sol, había traido la coca a los hombres del Altiplano. Sus hojas servían como ofrendas a los dioses de la naturaleza. También se depositaba en la boca de los difuntos para que tuvieran una mejor acogida en el más allá. Si el uso de la coca, fuera de este contexto místico-religioso, permaneció durante mucho tiempo el privilegio del soberano y de la nobleza inca; su consumo se había generalizado muy rapidamente durante la época de la conquista. Los españoles no creían en las virtudes prodigiosas de la planta; Ellos sospechaban que se trataba de una obra del demonio, por el rol primordial que tenía en las ceremonias religiosas de las poblaciones vencidas. Un Consejo reunido en Lima prohibió su consumo terminantemente, puesto que era considerado como una costumbre pagana y un pecado. Pero los españoles cambiaron rápidamente de conducta, al constatar que los indígenas no se encontraban en condiciones para ejecutar los trabajos pesados que se les imponían en las minas, si estaban privados de coca. Entonces, decidieron distribuirles las hojas unas tres o cuatro veces al día. También se les permitía unas pequeñas pausas para que las masticaran “acullicaran” su preciosa panacea de hojas verdes. Hasta nuestros días, la coca ha conservado su importancia en las poblaciones indígenas, y se encuentran todavía, rasgos de la veneración religiosa de la cual fue el objeto, de la misma manera su poder curativo y alimenticio fue científicamente comprobado.
Los indígenas transportan siempre con ellos una pequeña bolsa con hojas de coca (llamada chuspa), así como también un pedazo de pasta hecha de ceniza de vegetales ‘llujkta”. Lo mezclan un puñado de hojas con un poco de ceniza, luego lo mastican tranquilamente, secretando mucha saliva. Una vez ingerida, el jugo de la coca, mezclada con la saliva, produce poco a poco sus efectos: disminución momentánea de la sensación de hambre, frío, cansancio... Lo cual explica porque la coca es consumida en gran cantidad por todas aquellas personas que llevan una vida sacrificada y llena de dificultades. Las hojas de coca sirven también a los “yatiris” (aquellos que saben) para efectuar una gran parte de sus sortilegios y de sus augurios. Al arrojar la coca sobre un tejido tradicional “haguayo” preparado para este efecto, dicen poder descubrir a los ladrones y a las cosas que desaparecieron. La persona que se interroga sobre la infidelidad, la conducta o las intenciones de su cónyuge van ha consultar a un “yatiri”, quien después de haber realizado varias oraciones místico-religiosas, le entrega algunas hojas de coca que deberán ser puestas en contacto con las personas de las cuales se desea descubrir algún secreto. Luego se devuelven las hojas al “yatiri” quien va ha utilizarlas, realizando una cierta ceremonia, antes de dejar caer bruscamente las hojas de coca al suelo. La respuesta depende de la manera como caen las hojas... Para tener noticias de una persona ausente, conocer su salud, su conducta o sus negocios, hay que llevar sus prendas de vestir u objetos que la persona ha utilizado: se los tiende por el suelo y se arroja la coca por encima. Es preferible ecoger ropa vieja que no haya sido lavada, asegurando de esta manera una mejor comunicación con las personas que las utilizaron, sin que éstas se diesen cuenta. De la misma manera, se dice que se puede ver la imagen de un difunto en su ropa. La coca masticada sirve como amuleto y como ofrenda a las divinidades. Y escupiendo el jugo de la coca en la palma de la mano, con los dedos extensos y observando la manera como cae, ¡se podría predecir el futuro!. Se la siente amarga a la coca, si alguna desgracia se prepara.
La utilización tradicional de la hoja de coca es muy difundida en toda la región Andina, desde la época colonial, particularmente entre los mineros, que van cavando profundas galerías en busca de minerales. El calor y la humedad, saturan la atmósfera, es un ambiente sofocante e irrespirable. Los mineros, torso desnudo, mejillas infladas por bolas de coca, olvidan incluso de masticarlas por el duro esfuerzo que van realizando. Durante todo el año, ellos se alimentan de sopas de fideo o de patatas secas “chuño”, consumen rara vez la carne, muy caro para su magro ingreso. Pero el precio de la coca también ha subido. El minero tiene el cuidado de llevar siempre consigo una pequeña bolsa de hojas de coca “chuspa”; es una dulce compañera que escogió y que también le agrada al “Tío”, el señor y amo de las profundidades de las minas y del destino de los mineros.
Durante el carnaval, los ritos cristianos se mezclan a las tradiciones populares. Ofrendas y oraciones tienen lugar durante las dos semanas que siguen a ésta fiestas paganas. A proximidad de la ciudad de Oruro, se erigen rocas de formas raras como el sapo, el cóndor, el toro y la serpiente; los mineros van ha depositar sus ofrendas a la Tierra Madre “Pachamama”: hojas de coca, alcohol, cigarrillos, para que la tierra sea más fecunda. En el ritual de las ofrendas a la tierra “pagos” en el momento de la siembra, los preparativos se desarrollan en octubre, cuando los primeros gérmenes salieron del suelo. Es cuando la ceremonia del “pago a la Pachamama” se organiza. Ella culmina con el sacrificio de una llama muy joven, que debe masticar las hojas de coca y estar embriagada por el alcohol, luego es sacrificada antes que su sangre fuese esparcida a la tierra.
La comunidad se reune al ritmo de un grupo de músicos, que prepararon para esta ceremonia algunos aires y canciones, con el propósito de acompañar la celebración ritual en honor a “Pachamama”. Llegando al lugar escogido para el sacrificio, los danzantes recorren todas las parcelas de los aledaños. Durante ése mismo tiempo, un grupo de campesinos se ocupa de cavar un hueco orientado hacia las montañas. Mientras que el más anciano de la comunidad “El achachila” ofrece oraciones y libaciones a la Madre Tierra. La fiesta continua hasta altas horas de la noche. Es la ocasión para los ancianos de contar sus mitos, sus leyendas y de esta manera transmiten sus tradiciones de generación en generación. La sagrada hoja de coca se convierte en el alimento central y espiritual de la comunidad.

Para los occidentales la hoja sagrada se convirtió en la planta maldita:
La coca es una planta indiscutiblemente muy rica, con propiedades medicinales comprobadas científicamente, también es muy nutritiva donde abundan en sales minerales y en vitaminas; pero ¿Porqué esta planta sagrada se transformó en una planta maldita para los occidentales? Aparte de la transformación química de la coca en cocaína; por la riqueza que tiene la planta en nicotína – representa una amenaza terrible para los lovies archimillonarios del tabaco, que ven en ella un producto de sustitución a los cigarrillos; lo que causaría pérdidas millonarias a éstas empresas, responsables de millones de victimas del tabaco, pero no es la única razón- Entre otros componentes de la coca, se encuentran la altropína, la papaína, la globulina, la pectína, la coleína, la inulína, se pueden extraer 14 alcaloides, de los cuales la cocaína representa menos del 1%, así como tambíen: [la atropína y la espolamína que son una combinación de egmínas; tropeínas e igrínas. Los derivados de la ecgonína son : el metilbensoilecgonína (cocaína), metilecgnoníca y cinamilcocaína; entre las tropeínas están incluidos, la tropína y la seudotromína, la dihidrozipeína, la tropacocaína y el benzoíltropano; entre las higrinas están la higrina, la hidrolína y la cuscohigrína. Tambíen pudieron aislarse las esteroísomeras alfa y beta truxilínas, entre otros componentes químicos de la coca]. La coca fue utilizada por los occidentales como base para la fabricación de la droga; convirtiéndose en una estrategia económica e incluso geopolítica. La conferencia de Viena de 1988 condenó a muerte la hoja de coca; prohibiendo su producción y su comercialización, excepto para su utilización tradicional.
La erradicación de las plantas de coca en Bolivia, dio fin al periodo “del oro verde” en el país. Durante las tres últimas décadas fue el maná de los narco-dólares inyectados en la economía boliviana gracias al tráfico de la pasta de cocaína.
Desde 1997 hasta 1999, más de 21.000 hectáreas de hojas de coca fueron destruidas, retirando de esta manera, del mercado mundial, más de 80.000 toneladas de cocaína. De 1999 hasta la fecha se pretende haber dado fin con el cultivo ilegal de la hoja de coca en el Chapare boliviano, aunque ninguna cifra estadística no fue avanzada. 
La supresión de la cultura masiva de la coca decidida por los EEUU. y el Gobierno boliviano ha provocado el desempleo de miles de familias que no benefician de ningún tipo de indemnización y que les queda pocas posibilidades de encontrar trabajo. En los años 90 más de 40.000 mineros fueron despedidos de las empresas mineras estatales y otro tanto de la función pública. El descontento popular no dejo de ampliarse cada día más. Las manifestaciones, los bloqueos de caminos se multiplicaron en todo el país.Bajo el pretexto de reembolsar la deuda exterior, las medidas de austeridad de los diferentes gobiernos se multiplicaron. La subida de precios y el constante aumento de los impuestos asfixia a todos los medios sociales del país. Los bolivianos deben reembolsar prestamos que en muchos casos sirvieron únicamente a enriquecer un pequeño puñado de personas que además pusieron a fuego y sangre la Nación, con represiones inhumanas como las de febrero y octubre del 2003, que causaron un centenar de muertos y miles de heridos.
La corrupción es el cáncer de la sociedad boliviana, la cuál no puede ser tan fácilmente erradicada como la hoja de coca, puesto que el dinero de la droga corrompió una gran parte de la población y la economía del país. Aunque los beneficios realmente obtenidos por el tráfico de droga nunca llegaron realmente al país. A fines del siglo pasado se calculaba que una héctarea de cultivo de la coca aportaba al productor 2.990 $us.; el mismos producto lo vendía el traficante de pasta en 3.590 $us. Después de su transformación en cocaína, el traficante lo ponía a la venta en 7.055 $us. Los vendedores al por mayor que hicieron pasar la droga por los circuitos clásicos de Colombia, Panamá entre otros, los negociaban en 107.730 $us. Finalmente los revendedores locales de los EEUU y de Europa obtenían 564.300 $us. por la venta de la cocaína al detalle, con una pureza del 12%.
La profecía de los sabios andinos, esta más que nunca de actualidad. La coca vuelve a ser la hoja sagrada de los Andes, cultivada para su uso tradicional y medicinal, que nunca dejo de ser otra cosa, para los herederos de las hojas verdes. Ahora que, otra civilización varias veces milenaria, como China, se interesa en exportar y comercializar esta planta medicinal como es la coca, además de haber sido reconocida como un elemento capital en la medicina tradicional de los Kallawayas de Bolivia, que recibieron oficialemente el reconocimiento de la Unesco como un patrimonio más de la Humanidad. Es el momento de sacarla de la ilegalidad para devolverla el rol que siempre tuvo en la sociedad, gracias a sus propiedades medicinales y alimenticias.
Si se quiere combatir, realmente, al narcotráfico; primeramente se debe legalizar la producción y la comercialización de la coca, para que ésta pueda servir de base a una multitud de productos y aplicaciones, tanto como una planta alimenticia, curativa, medicinal, farmacéutica, dietética –sobre todo para los paises ricos como; Europa y principalmente los EEUU, que tienen tanto problemas con la obesidad de una buena parte de sus habitantes. Sabemos muy bien, desde épocas remotas, que una de las propiedades de la coca, es la de cortar el apetito. ¿Qué esperan nuestras empresas farmacéuticas para preparar productos, energéticos, tónicos, vitamínicos, dietéticos, de sustitución a la nicotina y tantos otros productos más destinados a mercados internos como tambíen a mercados internacionales?. Hasta la fecha; que sepamos, ¡no existe ningún convenio internacional que prohibe la exportación y la comercialización, de estos tipos de productos!
La exportación de infuciones de coca, como los preparados con otras plantas medicinales (mates) e incluso con el té, darían un fenomenal digestivo, o un “té de coca”, que se consumiría de la misma manera que el té o el café tradicional. Solamente, con una mayor ventaja para la coca -sobre los dos otros productos comercializados a escala mundial mediante grandes lovies de distribución- debido a sus cualidades de la planta medicinal que fueron probados durante siglos: disminución momentánea de la sensación de hambre, frío, cansancio...
A los detractores que se oponen terminantemente a la comercialización de las infuciones de coca; principalmente, los lovies anglosajones del té y del café, bajo el pretexto que las hojas de coca exportadas a los paises Europeos y a los EEUU. servirían sobre todo para la fabricación de la cocaína. Bastaría responderles que, si la exportación se la hace de una manera reglamentada y bien controlada no habría tal riesgo. Mejor aún, si los paises productores exportan productos manufacturados; combinados con otras plantas, con diferentes sabores: a canela, vainilla, frutos exóticos, etc, etc. Lo cual haría imposible – por su elevadísimo costo- separar la coca de las bolsitas empaquetadas, para fabricar la droga como ocurre con el café y el té, que contienen alcaloídes como la cafeína o la teteína.
Las posibilidades y las aplicaciones que nos ofrece una planta como la coca, son muchísimas, y es un error histórico haber penalizado internacionalmente, mediante el famoso convenio de Viena de 1988, a esta planta tan rica de virtudes naturales. Los propios conquistadores españoles del siglo XVI, que habían prohibido el consumo de la coca, dieron rápidamente marcha atrás en su cometido y al contrario, monopolizaron su producción y comercialización hasta la independencia de los paises de América latina.
Si los conquistadores españoles en el siglo XVI ya habían comprendido en verdadero valor que tiene la coca, ¿cómo es posible que los más grandes economistas del siglo XXI sigan sin comprender que el problema de la coca es ante todo un problema económico?.
“A un problema económico, la única solución posible que puede darse, es mediante una respuesta igualemente de orden económico”.
En la actualidad, la única demanda de coca que existe de parte de Europa y de los EEUU, es para la fabricación de la droga.
Si los gobiernos y las poblaciones de todos éstos países afectados por este azote contemporaneo, que es la drogadicción, tuvieran una real voluntad política y económica de acabar de una vez por todas con el tráfico de la cocaína, deberán legalizar inmediatamente la producción y la comercialización de la coca y de los productos derivados de esta planta con excepción de la droga.
Una comercialización legal de la coca y de sus derivados terminaría definitivamente con el tráfico ilegal de la cocaína. La actual política de erradicación de la planta no frenará ese tráfico ilícito, puesto que es un problema de grandes intereses económicos. Solamente se consigue desplazar el problema a otras regiones. Del Chapare a los Yungas bolivianos. Luego, problablemente de los Yungas a la Amazonía: boliviana, peruana, brasileña, colombiana, como ya está ocurriendo. Finalemente, cuando la producción y la comercialización se encuentre en manos de los nuevos lovies cocaleros, cien por ciento anglosajones, y posiblemente en otros continentes, como ya paso con otros productos en la historia económica mundial, la coca será finalmente reabilitada para la satisfacción y en beneficio único de quienes, hoy en día buscan erradicarla de sus tierras originarias por todos los medios…


Dr. Carlos Terrazas Orellana : Doctorado en historia y diplomado en estudios especializados de etnología en la Universidad de París VII, escribió 5 libros, 4 guías turísticas sobre Perú y Bolivia, más de 300 artículos, reportajes y ensayos sobre temática latinoamericana. Publicó principalmente en idioma y medios de comunicación franceses. Entre los trabajos de investigación histórica más importante podemos citar : Su tesis de grado « Historia y Nacionalismo en Bolivia », su tesis de masterado « Condicionamiento de la conciencia histórica de la Guerra del Chaco ». Su ponencia presentada en el Congreso de la Sorbona de París, conmemorando el Bicentenario de la Revolución francesa « La influencia filosófica de la Revolución francesa en la Independencia del Alto Perú (Bolivia). Uno de sus últimos ensayos bastante difundido por los medios independientes electrónicos y una parte de su artículo en el periódico el Diario de La Paz « Algunas bases de reflexión sobre la Asamblea Constituyente en Bolivia ». También, es autor de un importante archivo fotográfico (unas 30.000 tomas fotográficas clasificadas por temas) y ganador de varios premios internacionales en fotografía (Medalla de plata en la Bienal de Fotografía de Europa 85. Primer premio del concurso fotográfico Photorush-Francia).

© La Iera. versión original del artículo fue publicada en la revista “Notre histoire” n° 198 en el idioma francés.


martes, 18 de enero de 2011

Reacciones adversas en antidepresivos de nueva generación

Un trabajo de la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP), organismo adscrito a la Consejería de Salud, revela que el uso cada vez más extendido de los antidepresivos de nueva generación, como pueden ser la fluoxetina, la paroxetina o la nefazodona, ha permitido conocer reacciones adversas antes desconocidas.
Según este trabajo, al que ha tenido acceso Europa Press, entre las reacciones adversas descritas e “inicialmente desconocidas” se encuentran “la aparición de hemorragias digestivas altas, disfunción sexual, aumento del riesgo de suicido en adultos, osteoporosis y otros riegos asociados a su uso durante el embarazo y la lactancia”.
En concreto, en el análisis de la EASP, que se detiene primero en la extensión de este tipo de medicamentos, se sostiene que los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son actualmente los antidepresivos más utilizados en todo el mundo.
De hecho, y según las tablas de grupos terapéuticos y principios activos de mayor consumo en el Sistema Nacional de Salud (SNS) de ese año, el consumo en 2004 de antidepresivos de nueva generación –los de la familia de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)– supuso un gasto de 431,60 millones de euros, siendo el precio medio del envase de 30,20 euros.
Pese a que concreta que el aumento en su utilización “parece deberse a su perfil de reacciones adversas, más favorable que el de los antidepresivos tradicionales”, este trabajo advierte de que en los últimos años este tema “suscita controversia, al haberse descrito tras su comercialización nuevas reacciones adversas desconocidas inicialmente”.
Así, alude a la hemorragia digestiva alta, hiponatremia, disfunción sexual, aumento del riesgo de suicidio en adultos u osteoporosis, anteriormente citadas.
En cuanto a la aparición de hemorragias digestivas altas, la EASP detalla que diversos estudios observacionales han puesto de manifiesto la aparición ocasional de este tipo de casos “tras la administración de inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina”.
Con todo, subraya que el riesgo absoluto “es bajo”, si bien reconoce que “se ve aumentado en pacientes que utilizan un antiinflamatorio no esteroideo (AINE), especialmente en ancianos o pacientes con antecedentes de hemorragia”.

RIESGO DE DISFUNCIÓN SEXUAL.

Respecto al riesgo de disfunción sexual, entre los que cita casos de disminución de la libido, disfunción orgásmica o problemas eréctiles y eyaculatorios, este trabajo aclara que estas reacciones adversas son “frecuentemente descritas con todos los antidepresivos”, algo que “repercute en el cumplimiento del tratamiento” –adherencia a los tratamientos–.
Además, advierte de que en ocasiones resulta difícil de identificar, “al constituir un síntoma asociado a la propia depresión”, si bien “mejora tras la retirada del fármaco”.
Pese a que la EASP apunta a que por el momento, “no se dispone de evidencias que apoyen que existan diferencias significativas en la incidencia de estas reacciones entre los distintos fármacos”, puntualiza que “parece ser la paroxetina la que se asociaría a un mayor riesgo de disfunción sexual”.
Respecto al aumento de riesgo de suicidio en pacientes adultos tratados con estos fármacos, este estudio recogido por Europa Press sostiene que se trata de un tema “controvertido” y “difícil” de establecer debido a su “baja incidencia”. Así, afirma que mientras que para unos autores aumentarían el riesgo, otros indican que lo reducen.
No obstante, aboga por que, pese a que los resultados de los estudios “no sean concluyentes”, al prescribir un ISRS en pacientes con depresión “se realice un seguimiento de la ideación suicida en las primeras semanas del tratamiento”.
En cuanto a la aparición de osteoporosis, afirma que en dos estudios recientemente publicados se ha observado que el uso de antidepresivos ISRS, “pero no el de otros antidepresivos”, se asocia a un aumento en la pérdida de masa ósea.
Respecto a la aparición de cuadros depresivos durante el embarazo y el puerperio, este trabajo sostiene que “es frecuente” y que “puede requerir tratamiento farmacológico”. Con todo, puntualiza que, “aunque los ISRS son el tratamiento de elección, su uso no está exento de riesgos para el niño durante el embarazo y lactancia”.


Se avecina una crisis con los antidepresivos


La generalizada prescripción de medicamentos para las mentes atribuladas siempre ha acabado mal, desde la época de los opiáceos y la cocaína y pasando por la de los bromuros, los barbitúricos y los tranquilizantes: todos ellos resultaron ser sumamente adictivos, pero sólo después de que durante años los médicos lo negaran. Ahora el problema lo constituyen los antidepresivos: marcas mundiales con nombres familiares en los hogares. En el decenio pasado se han multiplicado por tres las prescripciones. En Inglaterra, ahora la prescripción de antidepresivos iguala a la de Valium en su momento de auge en 1979.
Ahora resulta claro que los antidepresivos de hoy no son los medicamentos milagrosos, tal como se promocionaron. El síndrome de abstinencia, a veces intolerable, que puede hacer difícil y peligroso dejar de tomar los antidepresivos expone también a muchos usuarios a efectos secundarios graves y deprimentes: importante aumento de peso, pérdida de la libido y cambios de humor, por citar sólo las quejas más comunes. Las sospechas sobre esos problemas -en particular, sobre la conducta suicida y la sensibilización a la depresión inducidas por los medicamentos- han existido desde hace años, pero hasta ahora no habían comenzado las investigaciones científicas profundas.
Pronto se conocerán las conclusiones de una importante investigación emprendida por los encargados de la reglamentación relativa a los medicamentos en el Reino Unido a mediados de 2003. No cabe duda de que se las presentará principalmente como recomendaciones para que se hagan cambios con letra pequeña en las advertencias que figuren en el etiquetado de los medicamentos y en las instrucciones para su uso. Puede que ayuden, pero no abordarán la auténtica cuestión planteada: ¿cómo pudieron los encargados de la reglamentación permitir que reapareciera ese problema cuando ya se contaba con tanta y tan dura experiencia y por qué se les debe permitir ahora investigarse a sí mismos?.
En la escala de Richter de los desastres en materia de medicamentos, la crisis de los antidepresivos que se avecina oscila entre los grados 7 y 11, mientras que la talidomida figura en el grado 10. El tiempo lo dirá, pero la cuestión fundamental es la siguiente: el desastre de la talidomida de los decenios de 1950 y 1960 sucedió porque no existía un control independiente de la inocuidad de los medicamentos, mientras que la crisis de los antidepresivos se ha desarrollado con la égida de un sistema de reglamentación detallado, caro y mundial.
El quid de la crisis de los antidepresivos no es el de que esos medicamentos pudieran hacer tanto daño, sino el de que se les permitiese hacerlo cuando los precedentes eran tan claros. Cuando se investigue -si así se hace- esta crisis adecuadamente, más que suponer la apertura de una lata llena de gusanos farmacológicos, será la revelación de lo que es y debe ser la medicina.
Esas cuestiones subyacentes parecen tanto más importantes cuanto que hace años que la red Internet cruje con la evidencia de la crisis por venir. El crecimiento explosivo de dicha red brindó oportunidades completamente nuevas de recoger, presentar y comunicar pruebas. Aumentó y profundizó la comprensión de los problemas relacionados con los antidepresivos y dio a los pacientes una voz colectiva, como nunca antes.
En épocas anteriores, la supervisión de la inocuidad de los medicamentos dependía de ocasionales informes negativos de los profesionales de la salud sobre la reacción de los pacientes a las medicinas. Pero esta crisis ha revelado las insuficiencias fundamentales de los informes, por lo que no se pueden volver a pasar por alto de forma creíble las experiencias de los usuarios con los medicamentos.
Muchos millares de pacientes de todo el mundo, unidos por la red Internet, empezaron a describir experiencias con los medicamentos antidepresivos y problemas provocados por la abstinencia que poco se parecían a las advertencias del etiquetado. Las repercusiones de esa inteligencia de los usuarios han sido profundas: en 2003, una empresa farmacéutica revisó sus cálculos aproximados, correspondientes a 2002, sobre la incidencia de las reacciones ante la abstinencia del 0,2 por ciento al 25 por ciento (aun cuando el fabricante de un medicamento similar sigue afirmando que no “crea el menor hábito”).
La crisis de los antidepresivos brinda por primera vez testimonios espectaculares del valor colectivo de las comunicaciones de los usuarios para entender el riesgo que entrañan los medicamentos. Desde luego, las comunicaciones de los usuarios no son “científicas” y la mayoría de ellas, individualmente, pueden parecer ingenuas, confusas, exageradas, erróneas y pura y simplemente ensimismadas. Aun así, en este caso han brindado, colectivamente, más testimonios fiables que los obtenidos en numerosos ensayos clínicos controlados.
Así, pues, ahora lo que importa no es tanto el valor de las comunicaciones de los pacientes cuanto la integridad de la investigación médica y del estado de la ciencia. “¿Hasta qué punto ha llegado a estar contaminada la medicina clínica?”, se preguntaba un editorial de la revista médica británica The Lancet en 2002; la respuesta fue la siguiente: “profunda y perjudicialmente”. La duplicidad que rodea la comercialización de los medicamentos antidepresivos subraya lo corrupta que ha llegado a estar la profesión.
La crisis que ahora se está desplegando plantea cuestiones generales sobre la democracia y la ciencia, la relación entre riesgos y beneficios y el conflicto entre los imperativos del comercio y la salud, pero una característica por encima de todas las demás expresa el problema subyacente: el enorme desfase entre las palabras de los pacientes, quienes dicen lo que piensan, y la terminología de los productores, expertos y autoridades, quienes se andan con rodeos.
En el decenio de 1990 se dio una nueva definición oficial de “depresión” como enfermedad provocada por la deficiencia de serotonina y azote para millones de personas: dictamen cómodo y seductor, pero profundamente simplista. También se dio una nueva definición de “dependencia de un medicamento” para afirmar que en un ambiente terapéutico nunca podría haber una pérdida de la autonomía personal. La expresión “síntomas de la interrupción” – neoparla orwelliana para referirse al síndrome de abstinencia- daba a entender que los antidepresivos no entrañaban riesgo alguno de dependencia.
Al contrario, el pensamiento voluntarista indujo a los expertos a aducir “síntomas de interrupción” como prueba de la eficacia de remedios vitales. Más adelante, los suicidios pasaron a recibir sistemáticamente la denominación de “sobredosis no accidentales” y se puso de moda la expresión de amplio espectro “propensión emocional”, pese a su inadecuación para distinguir entre un suicidio inducido por un medicamento y un estallido de llanto.
Como contraste, las comunicaciones de reacciones negativas por parte de los usuarios intentan describir una realidad humana en lugar de promover imágenes que convengan a los intereses creados afectados. Así, pues, la crisis de los antidepresivos puede resultar a la larga una bendición disfrazada, pero sólo si propicia la transparencia y la honradez intelectual necesarias para hacer que la profesión médica rinda cuentas ante las personas a las que dice servir.



lunes, 3 de enero de 2011

Psiquiatria: Una industria de la muerte


El Video muestra 14 documentales con declaraciones de resultados de profesionales de la salud, académicos, expertos en derechos legales y humanos y víctimas de las brutalidades psiquiátricas que van desde electroshock y compromiso involuntario hasta la tortura política, cirugía del alma y los devastadores efectos de los psicofármacos.
Los autores de este Video pretenden demostrar que la psiquiatría es una industria manejada completamente por el dinero, y brinda orientación práctica para los legisladores, doctores, defensores de derechos humanos y ciudadanos para que tomen medidas en su propio ámbito a fin de que la psiquiatría cumpla con las leyes.
Presentado por la Comisión de Ciudadanos Por Los Derechos Humanos 

ADVERTENCIA: 
  • Este vídeo no debería ser visionado por niños. 
  • Muchas de las secuencias filmadas de psiquiatras y psicólogos en acción, tomadas de los archivos históricos y presentes, son gráficas. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

Que son, es decir, como se usan los psicofármacos



Articulo escrito por el psiquiatra Guillermo Rendueles.

La descripción de las drogas usadas normalmente contra las formas de dolor y malestar humano, agrupadas bajo el etiquetado de enfermedades mentales, parten de dos supuestos que dificultan su estudio dentro del relato científico natural en el que se incluyen habitualmente. Supuestos que fuerzan a describir la acción psicofarmacológica en un marco biológico, similar a la descripción del uso de los antibióticos -se dice que tal neuroléptico cubre los síntomas positivos de la esquizofrenia, como tal antibiótico los bacilos de Koch- adquiriendo dicha descripción la falsedad de toda metáfora no rotulada.
El primero de esos supuestos es la creencia en que la psicofarmacología es una ciencia normal en el sentido de Kuhn. Sin embargo, las pretendidas descripciones de los modelos biopsicológicos tienen un nivel de realidad, en el mejor de los casos, del tipo de razonamiento: “ si la aspirina quita el dolor de cabeza, la falta de aspirina en el cerebro debe producir dicho dolor”. Habría múltiples ejemplos de psicofármacos, probados en los mejores laboratorios del mundo que son un evidente fracaso -el último un IMAO llamado Manerix-, pero el mejor argumento, a favor de este aserto, sería la falta de un consenso de descubrimiento en la comunidad científica que permite habitualmente una ciencia normal.
Frente a la ciencia normal, la psicofarmacología, está llena de modelos contrapuestos, respecto al lugar de acción de los fármacos, mecanismos intermedios de acción, indicaciones y contraindicaciones de los mismos, como lo prueba la existencia de una especie de ciencia nacional- el ansiolítico más usado en Estados Unidos no se usa en España por motivos legales y de comercio-, a diferencia de los medicamentos de verdad que como la ciencia normal son universales. De ahí que, en el menos malo de los casos, el estudio del uso de los “medicamentos para los nervios”, debe huir de las hipótesis de etiologías neuropsicológicas pertenecientes a la ciencia ficción. Y no debe traspasar un nivel de descripción empírico que resalte el uso real. El razonamiento práctico que cada psiquiatra o médico que prescribe estas drogas realiza, resulta radicalmente distinto. Confusos razonamientos sobre, por ejemplo circuitos noradrenérgicos, refiriéndose al tanteo de cómo se modifica el discurso del paciente y su nivel de quejas, cómo mejora el sueño del paciente o que efectos secundarios le producen tales medicamentos.
El segundo supuesto a describir, tras el desvelamiento de la seudocientificidad del discurso etiológico en psicofarmacología, es la dependencia del uso real de los psicofármacos, menos en relación con fenómenos de enfermedades reales – que obligarían a suponer una epidemia depresiva en la última década- y más de dictados sociales, tanto de un poderosísimo Mercado de Substancias psi cuya máxima expresión podrían ser textos como “ Escuchando al Prozac”, como de los intereses del Microrden Público Estatal y su necesidad de legitimar y posibilitar los ritmos de vida cotidiana. Vida cotidiana que consiente unas condiciones de trabajo, habitabilidad y sumisión difíciles de admitir sin unos fármacos que permitan dormir, comer o no irritarse, a pesar de esa vida en colmenas con ruidos de vecinos por doquier, trabajo a turnos y la malaria del orden y la “ peligrosidad” (guardias públicos y privados…) urbana en general.
El auge del mercado psicofarmacológico es reciente. Hace apenas 15 años la inversión de los grandes laboratorios, en marketing psicofarmacológico, era mínima porque aun la relación entre saber y práctica psiquiátrica era percibida bajo un cierto control racional: de aquel campo en el que tan poco se sabía sobre cómo definir a nivel biológico a la esquizofrenia o a la depresión, mal se podía vender remedios para esos males desconocidos. Cuando además los fuertes efectos secundarios que neurolépticos y antidepresivos producían limitaban su uso, ya que la población con psicopatología menor (la inmensa mayoría de la actual clientela psiquiátrica), aun sintiéndose mal, no toleraba sentirse aun peor, consumiendo unos fármacos que producían desde síndromes muy parecidos al parkinson o efectos secundarios que impedían hablar por la sequedad de la boca o no conseguir estarse sentado por la acatisia o ni poder soñar con las relaciones sexuales.
El simple hecho de limitar esos efectos secundarios, significó un drástico giro en el Valor de Cambio de los psicofármacos al descubrir una población casi ilimitada de consumidores. Si los estados de angustia y depresión son algo tan normal en la población que rara es la persona que a lo largo de su vida no los padezca, toda la población aparece entonces como potencial usuario de estas drogas que prometen barrer la depresión o la ansiedad de forma limpia y sin efectos secundarios. Los últimos indicadores del uso de ansiolíticos y antidepresivos, se acercan a ese diseño de fármacos para todos, en algún momento de la vida. Los Usos Cosméticos del Prozac, las píldoras para normales que continúan la antigua receta de las psicoterapias para todos, son algunos de los adelantos con los que la posmodernidad nos amenaza. Y es que como se dice en algunas propagandas de psicofármacos: “ ¿Porqué sufrir con un duelo por la muerte de un ser querido cuando una droga nos puede quitar esa tristeza? – ¿cuando iniciar tratamiento psicofarmacológico en un duelo?, es la pregunta moral que se hace un reciente tratado de farmacología.
Pero más allá de ese tratamiento del dolor, la depresión o el insomnio, los nuevos mercaderes nos ofertan como estar en forma para trabajar más, o como follar mejor con la Viagra, o como ser más positivos en nuestra recepción del entorno, en una apuesta por dimitir de cualquier deseo de cambiar el mundo externo a cambio de que deje de resonar en un mundo interno lleno de endorfinas que nos hagan ser felices a pesar de la dureza de nuestros amos.
Promesas Falsas, ya que lejos de ser las propagandizadas píldoras de la felicidad, los modernos psicofármacos se ofertan, en ausencia de otros logros respecto a los antiguos que no sea esa cierta limitación de los efectos secundarios, a costa de una menor eficacia real antidepresiva: en una nota editorial que los honra, la Revista de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica, resalta que los nuevos antidepresivos no han presentado ninguna prueba real de ser más eficaces que los antidepresivos de los años 60 en las depresiones mayores. Los antiguos tricíclicos deberían continuar siendo los fármacos de primera elección si el marketing no substituyese valor de uso por valor de cambio.
Pero nada de esa realidad, ningún sensato estudio farmacológico puede frenar un mercado que coloniza a la vez a usuarios y prescriptores. El capital humano de un gremio hasta ayer despreciado por las multinacionales psi, los psiquiatras, se ha percibido como central por parte de los grandes laboratorios y la función de mecenazgo parece imparable: que las virtudes de un antidepresivo se den junto con un boli y una carpetilla como antaño a que dichas virtudes se cuenten en el más lujoso hotel de Bali, resulta definitivo en favor del laboratorio que lo presenta en Asia con gastos y atenciones pagadas a los que luego deben recetarlo.
En idéntico sentido ese mecenazgo logró que no exista un solo congreso o revista psiquiátrica, incluyendo las de la izquierda psiquiátrica tradicional, que pueda plantearse su realización o su persistencia sin la colaboración de la industria farmacéutica. Se podrá argumentar que desde luego los comerciantes de psicofármacos no son ni mejores ni peores que los de antibióticos y antihipertensivos: ambos quieren vender. Pero existe ahí un olvido: mientras que la tensión o la infección pueden medirse y los malos productos son eliminados de un mercado que funciona con una cierta relación entre la calidad real frente al valor de cambio, la angustia o la depresión no tienen otros parámetros que seudomedidas: las escalas de Hamilton, aunque aparenten ser números exactos que evalúen la intensidad depresiva, no son sino traducciones del “ estoy un poco mejor que ayer “. De ahí que este mercado de la ambigüedad, como el de la moda, sea el ideal para extender unos productos que sin efectos secundarios muy visibles puedan tener ese conjunto de usuarios que constituyen toda la población con malestares. Todos esos quejicas que quieren cambiar la calidad de sus vidas sin cambiar ninguna de sus circunstancias, esos individuos perezosos que sin examen de sus vidas quieren que la felicidad se les aparezca, esa colección de siervos que quieren libertad en una píldora que les evite romper con las cadenas de una horrible cotidianeidad.
Y ahí es donde confluye el interés de Estado con los intereses del Mercado. Cuando a unos inmigrantes clandestinos se les dio Haloperidol para devolverlos a sus países de origen, donde el tirano de allí se supone los atormentaría, el tirano de aquí respondió cuando le preguntaron por el asunto: teníamos un problema y lo resolvimos. Haloperidol no solo sirve para los problemas con negros o moros, sino que también resuelve los problemas de gobernabilidad de la población desarrollada y opulenta, ayuda a mantener ese orden público al contener ese escándalo que cada enfermo mental produce cuando su percepción, su comunicación o sus ritmos afectivos no coinciden con la norma.
Si alguien percibe de otra forma, ¿quizás como amenaza?, un ambiente tan plácido como el de nuestras ciudades o se aventura a fantasear sobre el fin del mundo, seguro que puede acabar rompiendo esos consensos de normalidad que Goffman señalaba como la esencia del orden público a nivel microsocial. Esos son los problemas que el Haloperidol puede resolver: unas gotas mágicas y la situación se normaliza y, eso si con algunos movimientos raros y algo dormido, el paranoico vuelve a consensuar la realidad y a marcar el paso de los ritmos y ritos sociales.
O más allá, ¿como viviendo en el mejor de los mundos alguien puede deprimirse y ver todo lo malo de unas situaciones tan buenas como las de nuestras vidas cotidianas? Ante tan errada evaluación vital algún sentimiento del hondón biológico debe trastornar la visión optimista y positiva: unas semanas con Prozac harán ver de nuevo un porvenir radiante, o aunque se vivan turnos de trabajo cambiantes, relaciones afectivas congeladas, casitas como cajitas, con una adormidera tipo Dormicum se pude llevar.
El malestar de la vida en las sociedades industriales, los problemas adaptativos a un entorno competitivo donde comer en un bar de lujo no es premio sino comida de negocios, o en el que las relaciones amorosas (?) son amistades instrumentales, seria difícilmente llevadero incluso para los ejecutivos del Señor: en un congreso médico se pidió que levantase la mano quien hubiese tomado pastillas para dormir la noche antes y había muchísimas alzadas. Ya sé que el gremio esta mal y el tópico del psiquiatra loco tiene elementos de realidad, pero creo que el experimento se podría repetir con idénticos resultados entre profesores de gramática o viajantes de ordenadores. La psicofarmacología ofrecería al Estado algo así como un remedio general para el agobio inespecífico, que serviría para recoger a todos aquellos malestares que no fuesen acogidos o se saliesen de otras agencias estatales reparadoras: si un niño no acepta la disciplina escolar, con Nemactil seguro que se adapta mejor, si la familia es incapaz de contener el malestar del trabajo de puertas para adentro, un ansiolítico podrá hacerlo mas llevadero, si la ancianidad en estos tiempos es una cruz, unas píldoras la harán menos escandalosa.
La psicofarmacología permitiría así, al Estado, asegurar a una población contra toda clase de desgracias: si a pesar de que las condiciones de trabajo y vida son las indicadas para tu bienestar, aun a ti, vulnerable individuo, a quien te agobia tu vida, el Estado te pastorea y te ofrece salud mental. Es decir, píldoras y consejos para alcanzar esa bienaventuranza llamada salud o al menos adaptación que te controlara desde el nacimiento a la tumba, enseñándote la forma correcta de vivir con tal salud.
Las Falsas Promesas: si ese panorama funcionase, una versión del mundo feliz huxeliano estaría asegurada. Adaptación y felicidad psicofarmacológica serían sinónimas, y la servidumbre aceptada de una población que adora sus cadenas y ama a sus amos seria inapelable. Hoy la felicidad o la ataraxia farmacológica es mentira y las promesas del Estado y del Mercado de píldoras o técnicas psi que produzcan el bienestar propagado, no son sino falsedades, como las de los agentes de seguros que nos ofrecen unas pólizas maravillosas en el papel, pero que cuando uno las necesita funcionan garantizando unos mínimos tan escasos que la desgracia de la que debían preservarnos prevalece. Y eso mismo pasa con los remedios psi: tanto los fármacos como la “ terapias” funcionan en los papeles, en las comunicaciones a congresos o en las revistas de divulgación y no cuando uno las necesita.
De ahí la utilidad de estas sencillas líneas sobre: Qué son, es decir, cómo se usan los psicofármacos en esa realidad terrible que son los sufrimientos psíquicos. La virtud que estas líneas pretenden tener consiste en explicitar el sencillo esquema con el que el médico o el psiquiatra está pensando cuando te prescribe un fármaco, alejado de complicados saberes sobre mediadores bioquímicos y cercano a un arte empírico, sobre todo si tienes la suerte de tropezarte con alguien que conserve un poco de sentido común que sobreviva a la colonización del Mercado o el Estado. Igualmente me parece útil que conozcas unas sencillas fichas sacadas de una guía que habitualmente está en el bolsillo o la mesa de muchos psiquiatras como recordatorio de uso.

NEUROLÉPTICOS
Son los fármacos que habitualmente toman de por vida, aquellas personas que han sido diagnosticadas de esquizofrenia, y de forma intermitente, quienes tienen etiquetas de psicosis maníaco depresiva mientras padecen síntomas de hiperactividad o euforia, lo que en general no suele sobrepasar el mes de duración. De ahí que todo el problema teórico a discutir sea el de los neurolépticos como antiesquizofrénicos, dado que el uso en la manía es, poco más o menos, el de un instrumento de contención y los neurolépticos vienen a ser como una especie de tranquilizantes mayores. En una primera clasificación fueron descritos como tranquilizantes mayores para significar su parentesco con los tranquilizantes tipo Valium, pero que producirían esta sedación a lo grande.
La genealogía del término neuroléptico haría referencia a un fármaco con una acción antipsicótica específica y no limitada a la actuación sedante o tranquilizante, sino activa en un aclaramiento de la conciencia psicótica: en la fase del debut psicótico un neuroléptico no solo calmaría al psicopático sino que le haría recobrar la orientación temporo-espacial o le haría aclararse respecto a su identidad disolviendo la confusión del trema. En el mismo sentido, los neurolépticos limitarían lo que los psicopatólogos llaman humor delirante o tendencia a un pensamiento autoreferencial e hiperinclusivo que constituiría la base neuropsicológica del delirio: en esos dos aspectos los neurolépticos se apartarían del modelo sedativo y no serían, según esta teoría, unos tranquilizantes mayores como en el caso de la manía, sino que serían verdaderas prótesis de razón: introducirían un orden allí donde la psicosis habría desestructurado el mundo perceptivo, el curso y de alguna manera, también, los contenidos del pensamiento. Con lo que aquel magma de palabra vacía que dicen los clásicos es el discurso psicótico, se haría, gracias a los neurolépticos, accesible al campo del discurso y del tratamiento psicoterapéutico, inaccesible en tiempos preneurolépticos: la posibilidad de la reforma manicomial, dicen estos teóricos, es posible gracias al orden neuroléptico que permite devolver al mundo social a un psicótico ya distante a sus delirios gracias a esta acción neuroléptica.
La historia de los neurolépticos creo que aclara bastante bien la discordancia entre el contexto de uso, empírico y de tanteo clínico, frente al discurso de contexto científico del mercado psicofarmacológico, y separa teoría y práctica, de la psiquiatría clínica, frente a la propaganda seudocientífica.
El primer neuroléptico, usado en psiquiatría fue el Largactil, al comprobar un anestesista- Laborit- que uno de los productos que él usaba para la sedación quirúrgica de soldados con herida de guerra (era médico militar en la Indochina francesa) funcionaba solo y en combinación con otros productos, el llamado cóctel Laborit, como un excelente sedante de pacientes con agitación psicomotriz en su relato- “locos de atar”-, y que precisaban habitualmente contención mecánica, léase camisa de fuerza. La descripción de Laborit insiste ya junto a esos antiguos términos disciplinarios en que el uso masivo de estos “ nuevos sedantes” transformaba radicalmente el clima de violencia y desorden que hasta él reinaba en las salas manicomiales.
Efectivamente, hasta el uso de neurolépticos, el principal remedio para la psicosis eran los métodos de choque eléctrico: hacer pasar una corriente eléctrica por la cabeza de un paciente para provocarle un ataque de gran mal epiléptico. El método se basaba en un error científico- la supuesta incompatibilidad entre esquizofrenia y epilepsia que haría, según Cerlletti, deseable provocar ataques epilépticos para transformar la esquizofrenia en una enfermedad menor como la epilepsia. Pero lo que el electrochoque producía de verdad, era un cuadro de psicosíndrome por trauma, en el que el vaciamiento de pensamiento, la amnesia y la personalidad de boxeador sonado, podía hacer olvidar, al menos durante un tiempo, las ideas delirantes. Frente a ese método substitutivo de delirio por amnesia en el mejor de los casos, el uso de Largactil y los nuevos neurolépticos parecían disolver los delirios de una forma mas natural y progresiva, parecían proveer de esa prótesis de razón a la que nos referíamos, al producir una especie de efecto distanciador sobre el enfermo respecto a sus producciones psicóticas.
Los neurolépticos, como el Efecto D en los dramas didácticos del teatro de Brech, permitirían juzgar sin tanta implicación delirante, permitirían introducir dudas de razón en la seguridad del monolítico edificio de un delirante que dice ser el Mesías por una intuición inapelable al discurso externo. Uno de los primeros textos de Castilla del Pino se refiere a la observación de esas primeras curas neurolépticas y las fases en las que los delirios o las alucinaciones van apareciendo como algo periférico en la psique del esquizofrénico, pasando luego a una duda del delirio para terminar en un recuerdo delirante y en el mejor de los casos en una crítica del delirio con adquisición de una conciencia de enfermedad que, reconstruyendo la necesidad de delirar para escapar de una realidad subjetivamente imposible, substituiría con ventaja a aquel psicosíndrome que los métodos de choques producían y en el que, en el mejor de los casos, el psicótico olvidaba sus delirios e ignorando su génesis, se incapacitaba para tomar conciencia de su vulnerabilidad a la huida de lo real.
Un rápido desarrollo de substancias con efectos antipsicóticos, similares al Largactil, se desarrolla en los años 60. Desarrollo útil en la clínica aunque sin ninguna lógica psicofarmacológica. Crea en el campo psiquiátrico una doble reflexión: una que podemos calificar de científica (siempre que añadamos el apellido de ficción por lo especulativo) y otra que podemos calificar de empírica, que será la que trataré de resumir en estas líneas, dado que la reflexión cientificista trataba de nuevo de especular con analogías del estilo: si los neurolépticos que mejoran la esquizofrenia producen parkinsonismo, el exceso de dopamina produciría la esquizofrenia y otros razonamientos igualmente pedestres que me parece ocioso criticar.
El esquema empírico con que se usaron los neurolépticos y que los clínicos más sensatos siguen empleando hoy, trataba de relacionar la eficacia de los neurolépticos con síntomas de la esquizofrenia y construir así, sin más complicaciones, una tabla de indicaciones relativamente sencillas.
Los dos extremos de la tabla de signos de esquizofrenia los comprenderían: Los síntomas alucinatorios-delirantes que serían mejor tratados con una serie de neurolépticos conocidos como incisivos y cuyo modelo sería el Haloperidol, frente al extremo opuesto de los síntomas psicóticos constituidos por la angustia psicótica, cuyos neurolépticos de indicación específica serían los sedativos, cuyo modelo estaría representado por el Sinogan.
Los síntomas de esquizofrenia deberían ser estudiados como un continuum entre esos dos extremos de los síntomas alucinatorios-delirantes y la angustia, que se pondrían en relación con esa otra escala de neurolépticos incisivos y sedativos que dejarían al Largactil como intermedio. Con ello el tratamiento ideal psicofarmacológico de una esquizofrenia se lograría con una combinación de neurolépticos que se correspondiese con el psicopatograma que en cada momento presentara el paciente: muchas alucinaciones y poca angustia mucho Haloperidol y poco Sinogan o la inversa. Un proceso de cura en el que acertar la diana del síntoma con el neuroléptico adecuado constituía la metáfora agresiva implícita en la praxis psiquiátrica. Los psicofármacos incisivos tendrían a la vez una grave desventaja: la de producir parkinsonismo, temblor, rigidez, babeo, crisis oculógiras, incapacidad para estar sentado y también para caminar; síndrome, a veces, irreversible en las llamadas diskinesias tardías. Comprenderían en la práctica junto al Haloperidol, al Eskazine, al Triperidol, al Decentan, al Nemactil, bastantes más, algunos de lo cuales reseñaremos en una tabla final.
Frente a ellos los neurolépticos sedativos, indicados en la angustia y el insomnio psicótico, apenas producirían estos efectos parkinsonianos, pero en cambio, el sueño y el atontamiento generalizado, serían sus efectos secundarios fundamentales. De estos neurolépticos sedativos los más usados junto al Sinogan son la Etumina y el Meleril, permaneciendo el Largactil como fármaco intermedio entre la búsqueda de la sedación y el ataque a lo delirante alucinatorio.
Lo habitual en el tratamiento de un psicótico que padezca un síndrome completo de delirio, alucinaciones y angustia, según esta lógica sería el uso de un neuroléptico incisivo junto a otro sedativo y a un antiparkinsoniano – Akineton o Artane – que limitase los tremendos efectos secundarios que con el nombre de extrapiramidales reproducen un parkinson, que aún hoy, identifica a cualquier persona que consuma estos fármacos por su andar o su cara, así como por un tremendo aumento de peso.
Pero frente a esta cura neuroléptica el síntoma central de la psicopatología clásica para identificar una esquizofrenia: el defecto, no era mejorado en absoluto por esos neurolépticos o de hecho aun su uso lo exacerbaba y los pacientes en cura neuroléptica parecen más autistas, menos resonantes a los afectos y mas bizarros en sus manifestaciones interpersonales que el más delirante de los psicóticos y ahí sí que todos los fármacos diseñados para combatir esos síntomas, que los modernos psicopatólogos designan como negativos, han sido un absoluto fracaso: Orap, Dogmatil y tantos otros psicofármacos desaparecen del mercado de esas indicaciones por ser tan ineficaces que no hay aquí forma de sostener un valor de uso.
Mayor éxito tuvo el tratamiento de las resistencias de los pacientes a tomar los psicofármacos de forma continua, o lo que en la jerga profesional se llama el “no cumplimiento del tratamiento”, con los llamados Neurolépticos Dépôt. Consisten, en la práctica, en unas inyecciones mensuales que logran efectos similares a la toma de dosis medias de Haloperidol diario. Supuso un extraordinario instrumento disciplinario para el control de enfermos, sin conciencia de enfermedad, que con las clínicas retard eran de alguna forma controlables fuera del hospital. Creándose un fuerte aparato de vigilancia extrahospitalario de la locura, de dudoso respeto con las normas tradicionales de la ética médica, que obliga al consentimiento obligado de cualquier tratamiento.
La contribución de esos neurolépticos retard a la externalización de pacientes psiquiátricos de los manicomios y la dependencia de las llamadas reformas psiquiátricas del uso masivo de neurolépticos, parece indudable en un doble sentido: la existencia de esta camisa de fuerza bioquímica para controlar la supuesta peligrosidad de los pacientes que debían sufrir el internamiento manicomial por su desorden y agresividad para si mismos y la sociedad. Al sedar esos impulsos una parte importante de pacientes fueron recibidos de nuevo en familia o en instituciones mas ligeras que el manicomio. Por otro lado los neurolépticos incisivos, según la teoría psicopatológica sobre estos fármacos, producirían una desaferencización cerebral, una disminución de la llegada de aferencias al cerebro, que permitiría de alguna forma que el psicótico vuelva a vivir en un medio rico en estímulos, ya que la necesidad del manicomio pre-neuroléptico era en parte buscar un asilo donde viviesen estas personas con, teóricamente, un cerebro incapaz de procesar todos los estímulos que una sociedad compleja producía. Con las barreras protectoras neurolépticas los psicóticos pueden vivir en la sociedad. El neuroléptico crea, de forma artificial, un medio interno tan pobre en estímulos, tan regular a pesar de lo irregular de la realidad social, similar al asilo y así, casi de forma ficticia, los locos podían volver a la sociedad.
La realidad de la asistencia a un psicótico tipo no ha cambiado, desde estos inicios, de forma esencial más que en la literatura de mercado neuroléptico con la llegada de las dos estrellas de la industria farmacéutica: la Zyprexa y el Risperdal.
Zyprexa pertenece al laboratorio que patentó Prozac, del que tendremos ocasión de escribir, y colocó a ese laboratorio con unos beneficios económicos astronómicos que tras los éxitos en el campo del tratamiento de la depresión desembarcó en el terreno de los neurolépticos. Esquizofrenia, cronicidad y mercado cautivo constituyen una premisa ideal del afán de lucro mercantil. Zyprexa tenía la misma virtud que el Prozac respecto a los antidepresivos clásicos: la ausencia de efectos secundarios, de ese terrible parkinsonismo o de los aun más devastadores efectos de fármacos cancerígenos, como el Leponex, a cuya fórmula química se aproxima.
En la práctica, el fármaco, se comporta como un neuroléptico sedativo que, como el Sinogan, tiene poco efecto sobre los síntomas de actividad psicótica delirante-alucinatoria que en cambio, es bastante bien cubierto por el Risperdal que actuaría sobre los mismos síntomas que el Haloperidol.
En conjunto, esa supuesta revolución farmacológica, ha significado un escaso avance respecto a los tratamientos clásicos y lo que si ha supuesto es una revolución mercantil al multiplicar por treinta el precio del tratamiento standard. Con ello el capital simbólico de los psiquiatras, que cuando eran médicos de manicomios o agentes de una reforma psiquiátrica poco productiva eran tratados con displicencia por la industria farmacéutica, se ha disparado y no hay congreso, revista o viaje psiquiátrico que no sea subvencionado por una industria que tiene como vía fundamental de venta a estos agentes médicos, aunque no cabe despreciar la presión directa de familiares de enfermos que cuando no se prescriben estos fármacos nuevos presionan al médico, por que han oído de la existencia de unas medicinas mejores que el Haloperidol y “ teniendo seguro, a mi su precio no me importa.

ANTIDEPRESIVOS
El porvenir parece indicar una cura neuroléptica en la que la fuerza del mercado imponga esos neurolépticos, Risperdal y Zyprexa que serían la reedición de Haloperidol o Sinogan, quizá, en algún caso, con disminución de los efectos secundarios, pero de nuevo sin apenas efectos sobre lo que constituye el problema central de la vida del psicótico: que no es otro que la cronicidad, que los llamados síntomas negativos que codifican una cotidianeidad en torno a una vida autística y desolada y sobre la que de nuevo estos neurolépticos, lejos de mejorar, siguen deteriorando esa afectividad defectuada.
Que existan píldoras antidepresivas supone previamente dilucidar la fenomenología de eso que llamamos depresión y que constituye uno de los términos más polisémicos y por tanto más confusos en lo referente a lo diagnóstico. Ese “totum revolutum” que mezcla psicología común y neurofisiología en unos continuos saltos de nivel descriptivo y causal de lo depresivo.
Más en concreto antes de saber si se puede actuar sobre la tristeza con una pastilla, habrá que dilucidar si la tristeza que a mí o a ti lector nos embarga cuando rompemos un amor, se nos muere alguien querido o perdemos un trabajo, es un sentimiento similar o cercano al sentimiento del depresivo: del que dice que sin ton ni son un día no podía levantarse de la cama, lloraba sin parar y empezó a valorar toda su vida como una catástrofe de la que él era culpable y pasó por ello a reconsiderar si lo mejor no era matarse. Ese problema de la relación de las dos depresiones- cuantitativamente la misma, pero más fuerte cuando es sin causa, o cualitativamente diferente entre las dos tristezas- fue resuelto por la psicopatología clásica con una respuesta negativa para la identidad, afirmando la existencia de dos depresiones: la llamada endógena y la llamada reactiva.
Existiría una tectónica de los sentimientos, una pertenencia de los mismos a capas más o menos profundas que los clasificaría en sentimientos vitales, psíquicos o espirituales, según perteneciesen al cuerpo, a la psique o al espíritu. La tristeza vital sería aquella que perteneciese a ese ámbito de lo corporal y sería aquel estado que tenemos durante los prodromos de las enfermedades virales caracterizado por la inhibición psicomotriz, la tristeza y el tedio, perteneciendo todo ello al “endón”, a lo profundo de nuestra biología (valdría decir hoy a lo genético). Lo esencial de esa tristeza es su carácter cualitativamente diferente de la tristeza psicológica, la tristeza de la depresión endógena no sería una pena como la del duelo pero más grande, sino una especie, dicen los clásicos, de monstruo psicológico que no pertenecería al campo de la psicología y que por ello: no se parecería en nada a un fenómeno afectivo de una psique normal sino que seria una mezcla de fenómeno físico-afectivo-cognitivo y de ahí esa falta de comunicación, de resonancia afectiva, que tiene el monocorde y reiterativo dialogo con un paciente depresivo y su reflectancia al cambio en función de cualquier suceso venturoso.
El interés de la distinción entre las distintas capas sentimentales consiste en que los antidepresivos están inicialmente indicados y diseñados para actuar sobre sentimientos endógenos y su genealogía histórico comercial, en cambio, consiste en un imparable avance que abarca todo el campo de los sentimientos. El valor de uso de los antidepresivos es un fenómeno en el que depresión pasa a ser un término que significa todo lo que les ocurre a individuos en los más variados conflictos: desde el duelo a los dolores sin causa, desde los vicios de jugadores al ascetismo anoréxico, desde la vejez al parto. Todo se rotula bajo la sospecha de depresiones encubiertas y los antidepresivos pasan a ser fármacos a consumir por toda clase de pacientes físicos, psíquicos o mas allá: de personas en situación de duelo (una historia de amor desgraciada puede arreglarse desde la farmacia), o aun mas allá: de individuos normales a la búsqueda de una mejor vida como en los llamados Usos Cosméticos del Prozac.
De ahí que si uno lee textos psicofarmacológicos, sobre antidepresivos, se verá inundado por continuas referencias a circuitos dopaminérgicos, a metabolitos noradrenérgicos y cómo no a una substancia, la serotonina, supuesta responsable de conductas tan separadas como la queja dolorosa sin causa física, el suicidio o el juego y la comida patológica.
Esa serotonina, supuesto mediador de conductas tan diversas que parece realizar el viejo sueño fisicalista de reducir el lenguaje psicológico a la fisiología cerebral- cuando me quejo o actúo de todas esas formas estoy traduciendo un defecto de serotonina en algunos circuitos sinápticos- no debe encubrir que ninguno de esos circuitos o neuromediadores se mide o se observa directamente cuando un médico prescribe cualquier antidepresivo. De ahí que a diferencia de la toma de una medicina de verdad, cuando los análisis así lo indiquen o la radiología lo señale, el tomar o no tomar pastillas de los nervios y antidepresivos en particular, depende de la calidad de la queja. Es decir, según como le suene al médico ese estoy triste o el me duele, según de que otras quejas se acompañe ese dolor central (dormir poco o mucho, estar más cansado por la mañana que por la noche o más en otoño que en invierno), es lo que va a decidir una indicación u otra de antidepresivos. Y por lo mismo, al contrario que en los fármacos normales, que se tomarán mientras dure la infección o de por vida si por ejemplo se trata una diabetes de evolución crónica, la evolución de esa queja subjetiva tras la toma de unas píldoras es de nuevo el criterio decoroso en la continuidad o discontinuidad de la toma de antidepresivos.
Por ello la razón bioquímica es inoperante en la práctica del tratamiento de las depresiones, constituyendo un mecanismo de racionalización de una práctica empírica, que en la clínica real estará de nuevo orientada por un sencillo esquema de correspondencia SÍNTOMAS PREPONDE-RANTES-FÁRMACOS, muy similar al que ya vimos en el tratamiento de los esquizofrénicos con neurolépticos. El esquema de nuevo articula los síntomas depresivos entre dos extremos, caracterizados por la inhibición psicomotriz en uno de ellos y la angustia en el opuesto, quedando la tristeza como síntoma intermedio cuya mayor cercanía a lo inhibitorio la calificaría de vital y por tanto endógena o su proximidad a la angustia la acercaría a la tristeza psíquica o neurótica.
Para los síntomas de inhibición psicomotriz, que serían los más específicamente endógenos, se prescribe el antidepresivo más clásico y desde hace treinta años más utilizado, el Tofranil, que junto a derivados cercanos como el Anafranil serían los fármacos específicos de las depresiones mayores, donde es más probable la base física y con mayor riesgo suicida. Igual que los neurolépticos estos antidepresivos habrían sido descubiertos de forma indirecta- en la investigación antiinfecciosa- y habrían tenido que competir con una terapia electroconvulsiva que a diferencia de en las psicosis tenía aquí un uso menos bárbaro y por ello más efectivo.
Como en el caso de los neurolépticos incisivos, estos antidepresivos con alta eficacia sobre los síntomas endógenos del fenómeno depresivo- lo más ligado al cuerpo y alejado de lo psíquico- tienen también unos fuertes efectos secundarios, consistentes en extrapiramidalismo, inquietud, sudor, aumento de peso y, en muchas ocasiones, aumento de la ansiedad con empeoramiento del riesgo suicida en las primeras semanas de uso.
En el extremo opuesto, como ya dije, de la clasificación de este esquema de uso, estarían los síntomas ligados a la angustia, a la ansiedad depresiva, síntomas en general más cercanos a las quejas histriónicas, que fueron etiquetadas por los clásicos como depresiones neuróticas cercanas al mundo de la histeria o las neurosis y por los modernos como distímias, en las que los fármacos de elección serían los cócteles de ansiolíticos – antidepresivos ya mezclados en una sola pastilla como Nobritol, Mutabase, Martimil- que cubrirían, tanto las quejas ansiosas como los estados de ánimo depresivo. Lejos de la evolución cíclica de la depresión endógena, harían, en general, cuerpo con el carácter en forma de tristeza más cercana a lo psíquico-caracterial, como a las depresiones por “mal vivir ” en que un balance situacional negativo va acompañado de una falta de valor o voluntad para cambiar la situación en un discurso de: “ no me gusta la vida que llevo pero como no tengo valor para cambiarla una píldora me hace ir tirando?, eso si entre quejas de depresión que duran años y años durante los que se toman este tipo de medicaciones que más que curar una enfermedad crónica cubren la vida rotulada como enfermedad.
En el punto medio del esquema de uso estarían los síntomas ligados a una tristeza que, a diferencia de la vital, está teñida de culpa y en la que una ansiedad más vital que las de las distímias está presente. Para esos casos el esquema de antidepresivos indicaría el uso de Triptizol o Surmontil, que también son fármacos con efectos secundarios intermedios peor tolerados que los cócteles anteriores y con producción de temblor, malestar, sueño, sudor y gordura, menor que los primeros fármacos tricíclicos, pero también observables.
Desde el principio los tratamientos antidepre-sivos tuvieron un enorme polimorfismo que llevó a utilizar los métodos mas bizarros. Desde los electro-choques que pretendían exprimir los espacios intraneuronales de serotonina para mandar esta substancia a la sinapsis, a la privación de sueño o las terapias por luz solar o imanes magnéticos o uso de iones o Triptófano. El uso de fármacos no es menos polimorfo y dependiente de modas y mercados. Así, uno de los grupos farmacológicos mas usados, el de lo Inhibidores de la Mono-Aminooxidasa o IMAOS, ha desaparecido del mercado debido a su bajo precio, a pesar de ser uno de los grupos más eficaces de un pequeño número de depresiones caracterizadas por la psicastenia, mientras se introducen anti-epilépticos, tipo Tegretol o Depakine, como equilibradores del humor fundamentalmente en los procesos maníaco depresivos bajo el supuesto implícito de que se trata de enfermedades físicas del lóbulo temporal con parentesco epiléptico.
El uso de iones de la familia del Carbonato de Litio (Plenur) lleva años de práctica con éxito, tanto como preventivo de los procesos cíclicos de manía-depresión como coadyuvante de las depresiones que no mejoran, o de las fases maníacas en asociación con el Haloperidol, y constituye otro de los misterios de ese empirismo psicofarmacológico que preside la razón profunda del psicofarmacologismo: funciona pero ni se sabe porqué ni cómo y las hipótesis de la serotonina en sinapsis necesitan aquí de complicadas elucubraciones de modificaciones del potencial de membrana neuronal.
En conjunto todos estos últimos fármacos – Litio y antiepilépticos – tienen un enorme número de efectos potencial-mente patológicos y su uso real solo es recomendable en procesos muy graves, presididos por una cronicidad cíclica dura y en su uso deben exigirse controles sanguíneos permanen-tes de cara a no superar niveles de concentración tóxicos. Lo que los convierte a la vez en casi los únicos psicofármacos en que la dosificación no se hace a ojo de buen cubero, como en el resto de los psicofármacos, donde modas de macrodosis alternan con periodos de micro como en el tamaño de las faldas.
En esto llegó Prozac: los efectos secundarios de los antidepresivos limitaban su uso sobre todo en el corazón del imperio (Estados Unidos). Los pleitos por mala práctica hacen que nadie prescriba inyectables por miedo a la posible reclamación y por lo mismo el riesgo del uso de los antidepresivos clásicos se autolimitaba junto a la preponderancia del psicoanálisis: “la peste” que Freud llevó al nuevo mundo según sus propias palabras.
Hasta que llego este fármaco – Prozac- que ligeramente menos efectivo que los antiguos antidepresivos en las depresiones endógenas, tenía la enorme ventaja para su uso de limitar sus efectos secundarios a los diez días siguientes a su prescripción. Esa pequeña ventaja (como en los relatos neodarwinistas del éxito de especies con la pequeña variación de oponer el pulgar) junto a una ingente labor propagandística, transformó el campo de uso de antidepresivos, ya que la campaña propagandística fundamentalmente trató, no de directamente vender el producto sino de hacerlo indirectamente creando en la población un modelo antropológico humoral en el que las vivencias de bienestar-malestar dependerían de un estado bioquímico.
"Escuchando al Prozac", la obra que mejor resume ese modelo, es el fascinado relato de un psicoanalista que ve con asombro como a pacientes que no lograban cuidar de si, que padecían malestares múltiples que iban de la ansiedad a la depresión, de la bulimia al descontrol de impulsos, que se cronificaban por más escucha o interpretación que se les suministrase, el uso de Prozac los hacía cambiar y ser receptivos a la cura.
Y de ahí, como un aprendiz de mago, al psiquiatra – hasta entonces tan impotentes – ahora armado de tal píldora, le acomete una sensación de omnipotencia que provoca una especie de furor sanandi en el gremio psiquiátrico, que únicamente se detiene en el texto mencionado ante preguntas morales del tipo: “ ¿será ético frenar la tristeza por la muerte de un hijo al mes o debemos esperar tres para dar el Prozac?. Naturalmente todo ese programa de intervención farmacológica sobre los sentimientos psíquicos y reactivos son una Falsa Promesa . El sueño de controlar nuestros humores con píldoras es hoy por hoy una utopía, solo cumplida, durante breves instantes, precisamente por las drogas ilegales que sí tienen la capacidad, durante unas horas, de hacernos ver la realidad cotidiana como un decorado y aun nuestros miedos a la muerte como puertas a la percepción, como contaba Huxley del LSD, y que cualquier usuario comprueba en esos viajes al paraíso que se guardan en el bolsillo del pantalón en forma de anfetaminas, cocaína u opiáceos.
Pero, como tantas mercancías que prometen la felicidad, el número de anti-depresivos crece cada mes y con pequeñas diferencias respecto a los clásicos. Al olor de la sardina monetaria no hay multinacional del fármaco que no lance un nuevo antidepresivo con mil y una ventaja respecto a los anteriores en el lujoso papel en que nos lo presentan al gremio psiquiátrico. Los antidepresivos más conocidos que siguen a la rueda del Prozac son: Seroxat que se acercaría a los fármacos con acción ansiolítica similar al Triptizol; Besitran que se acercaría a los efectos antiobsesivos del Anafranil y Dobupal que intentaría cubrir el espectro sintomático de Tofranil. Un larguísimo etcétera que hay que examinar con una reflexión: ninguno de estos fármacos milagrosos, según el editorial mencionado, de la Asociación Española de Psiquiatría Biológica, ha superado en estudios replicados la potencia antidepresiva de los clásicos- Tofranil, Anafranil- y la desaparición de algunos fármacos como los IMAOS, eficaces según esa revisión, no tiene otra explicación mas allá del lucro económico de las compañías farmacológicas.

ANSIOLÍTICOS O TRANQUILIZANTES
En 1952 Berger sintetiza el Meprobamato que da el pistoletazo de salida al uso de los tranquilizantes menores, que se definen contra los neurolépticos por su incapacidad para producir los graves efectos extrapiramidales ya descritos, manteniendo una ansiolisis subjetiva menor pero efectiva sobre la agitación y que rápidamente logran multiplicar su uso, tanto en el campo de los síntomas psiquiátricos menores pero frecuen-tísimos -los trastornos por ansiedad- como en su uso en alteraciones o quejas de trastornos del sueño, alteraciones caracteriales, contracturas musculares y prácticamente cualquier alteración que sugiera miedo, dolor o nerviosidad y que suelen terminar como quejas médicas inespecíficas.
Ese es precisamente el principal dato que se debe retener de la investigación de laboratorio con que se presenta y avala el uso de ansiolíticos en humanos: los ansiolíticos desinhiben en la rata cualquier conducta supresiva o lo que es lo mismo hacen reaparecer conductas que el castigo había suprimido.
En idéntico medio de laboratorio animal los ansiolíticos producen disminución de la agresividad inducida o espontánea con reaparición de las conductas exploratorias y de confianza en medios inductores de castigo.
Nunca una descripción de laboratorio metaforizó tan bien los efectos reales que una substancia iba a producir en humanos. Los ansiolíticos hacen tolerables situaciones macro y microsociales tan maltratantes para el cuerpo y el alma, situaciones tan inductoras de miedo, agresividad-inhibición, en las que sin esas benditas píldoras ni dormiríamos, ni comeríamos y el temor, la ansiedad anticipatoria y la incapacidad para adaptarnos a las situaciones de ruido, hacinamiento, turnos laborales, sumisión a la autoridad, malaria familiar y un largo etcétera, crearían una real epidemia de malaria urbana y enfermedades psicosomáticas. Los efectos descritos por la farmacología en los animales de laboratorio, de sedación, relajación, ansiolisis y anticonvulsión, no describen otra cosa que una especie de efecto distanciador respecto a la situación real que hace vivir situaciones de miedo o dolor experimental como sin importancia o permitiendo al menos dormir, comer, relajarse o aun explorar procelosos laberintos. También nosotros, como las ratas de Seligman, gracias a los ansiolíticos, podemos tolerar nuestra indefensión ante un ambiente social en el que hagamos lo que hagamos nuestros destinos se juegan en los oscuros despachos del Estado o el Capital, que decide cuantos trabajaran o dejaran de trabajar o cuanto de esa vida tan fugaz debe ser convertida en tiempo y vendida como trabajo.
De nuevo, frente a las mitologías de los relatos farmacológicos y los mecanismos de acción de los ansiolíticos sobre sistemas gaba o el metabolismo noradrenérgico, conviene conocer los sencillos esquemas mentales del psiquiatra, cuando receta ansiolíticos, que de nuevo repite esquemas de uso empírico sin tener mucho que ver con el discurso bioquímico.
El modelo de prescripción de ansiolíticos es muy parecido al de la prescripción de analgésicos para el dolor: si alguien se queja de dolor físico y no se conoce la causa real de sus males o estos son inespecíficos se le receta una aspirina. A quien se queja de miedos sin objeto que le impiden llevar unas rutinas de normalidad o sobrellevar con paciencia los ritmos cotidianos de vida y trabajo se le recetan ansiolíticos, que si logran su efecto- aminorar el dolor o el miedo- se continúan tomando de forma continua o intermitente y gracias a ellos la vida se desdramatiza y todo aquello que nos aparecía imposible de llevar se lleva y se va tirando.
Dentro de ese esquema de indicación práctica de ansiolíticos- úsese en caso de queja sin causa orgánica-, la decisión de recetar uno u otro, entre la amplia gama de los mismos, depende del tipo de angustia que el enfermo describa. Los extremos en los que oscilará son o bien una angustia flotante que se inicia al despertar el sufriente y le acompaña todo el día sin claras subidas ni bajadas o bien si la angustia se manifiesta en forma de ataques de pánico o de miedos ligados a objetos -fobias-, o incluso si la angustia simplemente se manifiesta como incapacidad para desconectar del ambiente externo para ponerse a dormir, es decir, en el insomnio. Frente al primer caso los ansiolíticos de vida media larga – Lexatim, Tranxilium, Diazepán- estarán en la mente del psiquiatra como indicación de la ansiedad permanente o flotante frente a los ansiolíticos de vida media corta, en el caso de la ansiedad en crisis – Orfidal, Idalpren, Trankimazín o las benzodiazepinas con efectos hipnóticos – y Dormicum, Rohipnol, Halción en los insomnios de causa ansiosa. Como habitualmente los cuadros lejos de estar definidos de forma nítida, hacia una de las dos formas extremas de ansiedad, se complican y se superponen, todas las combinaciones de ansiolíticos son posibles y como además en España se desarrolló una teoría nacional- una verdadera ciencia nacional – sobre las “ neurosis como enfermedades del ánimo, por parte de López Ibor: El uso de antidepresivos unidos a los ansiolíticos son frecuentísimos, no siendo raros enfermos con cuatro fármacos distintos de efectos similares recetados en plan terapia de escopeta: lanzar una perdigonada de ansiolíticos y antidepresivos para que cubran toda la sintomatología presente o posible.
Los efectos secundarios, en general, se refieren menos a fenómenos de toxicidad y más a fenómenos de adicción y dependencia, lo que ha llevado a muchos países a una legislación muy restrictiva que lleva poco menos que a precisar de un carnet de consumo ansiolítico, controlado por varios médicos, para evitar el mal uso o el desvío hacia el mercado negro de estos fármacos (en España se empieza a pedir el carnet de identidad en las farmacias para su adquisición).
Mi opinión personal es que los peligros de adicción a benzodiazepinas, en general, están sobrevalorados, como por otra parte ocurre con todas las drogas en las que las descripciones de las crisis por abstinencia – por ejemplo en “los monos por heroína”- son descripciones muy magnificadas de unas molestias que no sobrepasan las de un gripazo, exagerado por usuarios bastante quejicosos involucrados ellos mismo en la mitología del “Yonkee” y médicos o familiares bastante crédulos.
El cuadro de abandono de benzodiazepinas, incluso tras años de uso, si se hace en condiciones de tranquilidad ambiental y lenta desescalada en dosis, raramente da problemas. En cualquier caso los ansiolíticos de vida media corta serían los mas proclives a esos fenómenos de necesidad de aumento de dosis o fenómenos de abstinencia y, en ese sentido siempre se debe ser cauto en las tomas muy prolongadas y no discontinuas.
Los fenómenos de dependencia psicológica de las benzodiazepinas son la norma en el sentido arriba descrito: condiciones de vida presididas por el deprisa, deprisa, balances afectivos negativos, malarias urbanas que son atenuadas por unas píldoras que hacen “que aunque todo siga igual no me importe tanto. Píldoras que son difíciles de abandonar porque de repente cuando se dejan, todo el horror de lo real reaparece. Y en conjunto el problema social del sobreuso de psicofármacos a nivel de terapia para normales se superpone al problema del dolor: ¿cuanto se debe aguantar y cuando se debe calmar?

SELECCION DE FICHAS DE VADEMECUM
Si este conjunto de esquemas hasta aquí presentado puede ilustrar los mecanismos de uso que presiden la práctica de las curas psicofarmacológicas, una selección de las fichas ofrecidas por los vademécumes psiquiátricos de los psicofármacos más usados, puede ser útil como parte de este manual de supervivencia de las nuevas generaciones.

Abreviaturas:
-Junto al nombre comercial en negrita aparece, entre paréntesis, el laboratorio fabricante: una información de interés para hacerse una idea de la geografía existente en el negocio de los “ medicamentos para los nervios”.-
PA: Clasificación en el índice de Principios Activos. GT: Grupo Terapéutico.
IN: Indicaciones. DO: Dosis. CI: Contraindicaciones*. PR: Presentación.
(*: En estas fichas orientativas de vademécum aparecen sólo algunas de la contraindicaciones y en los casos en que no aparecen no es porque no existan. Consultar en todo caso prospectos que acompañan al medicamento y a ser posible varios vademécumes.)

NEUROLÉPTICOS – ANTIPSICOTICOS
HALOPERIDOL (Esteve) PA: HALOPERIDOL. GT: Antipsicótico tipo Butirofenona. IN: Psicosis agudas. Esquizofrenia crónica. Estados maníacos. Coreas. Balismo. Trastorno de Tourette. Ansiedad. DO: 2-5 mg 3 veces al día. CI: Alergia. Parkinson. Alcoholismo. Estados de coma… PR: 2MG/ML…………………GOTAS 15 ML. 2MG/ML…………………GOTAS 30 ML.. 10MG……………………..3O TABL RANUR.
ESKAZINE (Smithkline Beecham) PA: TRIFLUOPERAZINA, diclohidrato. GT: Antipsicótico tipo Fenotiazina piperazínica. IN: Estados psicóticos. Esquizofrenia. Ansiedad. DO: 2-5 mg 2 veces al día. CI: Alergia. Depresión grave del SNC. Estados de coma. Depresión de la MO. Insuficiencia hepática grave… PR: 1 MG………………….25 GRAGEAS. 2 MG………………….25 GRAGEAS. 5 MG………………….25 GRAGEAS.
LARGACTIL (Rhone-Poulenc Rorer) PA: CLORPROMAZINA. GT: Antipsicótico tipo Fenotiazina alifática. IN: Estados psicóticos. Estados de agitación psicomotriz. DO: 25-1OO mg 3 veces al día. CI: Alergia. Depresión grave del SNC. Estados de coma. Depresión de la MO. Insuficiencia hepática grave… PR: 25 MG………………..5O COMPRIMIDOS. 100 MG………………30 COMPRIMIDOS.
MELERIL (Novartis) PA: TIORIDAZINA, clorhidrato. GT: Antipsicótico tipo Fenotiazina piperidínica. IN: Estados psicóticos. Esquizofrenia. Ansiedad grave. DO: 150 mg al día en varias tomas. CI: Alergia. Depresión grave del SNC. Estados de coma. Depresión del MO. Insuficiencia hepática grave… PR: 10 MG……………………6O GRAGEAS. 50 MG……………………50 GRAGEAS. 100 MG………………….25 GRAGEAS. 30 MG/ML……………..GOTAS 10 ML. RETARD 200 MG…..30 COMPRIMIDOS.
SINOGAN (Rhone-Poulenc Rorer) PA: LEVOMEPROMAZINA, clorhidrato. GT: Antipsicótico tipo Fenotiazina alifática. IN: Estados psicóticos. Esquizofrenia crónica rebelde. Conducta agresiva en oligofrénicos. Estados de agitación y ansiedad. DO: 25-100 mg tres veces al día. CI: Arterioesclerosis. Coma. Epilepsia. Glaucoma. Parkinson. Trastornos cardíacos… PR: 25 MG. 10 MG. Gotas al 4%. Ampolla de 25 MG.
ETUMINA (Novartis) PA: CLOTIAPINA. GT: Antipsicótico tipo Dibenzotiazepina. IN: Estados psicóticos. Estados de agitación. Psicosis tóxica Síndromes maníacos. DO: Un comprimido tres veces al día. CI: Depresión severa del SNC. Parkinson. Hipertermia… PR: 40MG……………….30 COMPRIDOS.

NEUROLETICOS RETARD (1 ampolla al mes)
MODECATE (Squibb) PA: FLUFENACINA, decanoato. GT: Antipsicótico depot, tipo Fenotiazina piperazínica. IN: Estados psicóticos en pacientes reacios a la medicación antipsicótica y especialmente en esquizofrenia crónica. CI: Arterioesclerosis. Coma. Depresión del S.N. Hipertensión. Lactancia. Trastornos cardiacos…
LONSEREN (Rhone-Poulenc-Rorer) PA: PIPOTIAZINA, palmitato. GT: Antipsicótico depot, tipo Fenotiazina piperidínica IN: Psicosis agudas y crónicas, especialmente esquizofrenia. DO: Una ampolla IM profunda cada cuatro semanas. CI: Glaucoma. Hipertrofia prostática. Enfermedades orgánicas graves. Agranulocitosis. Porfiria… PR: 100 MG……………….1 AMPOLLA 4 ML
CISORDINOL PA: ZUCLOPENTIXOL, diclorhidrato. GT: Antipsicótico tipo Tioxanteno. IN: Esquizofrenia crónica con crisis agudas. DO: 10 mg 3 veces al día. PR: Comprimidos……..10 MG. 25 MG. Acufase……………..50 MG Ampollas. Depot………………..20 MG Ampollas. Gotas solución……20 MG/MML

NUEVOS ANTIPSICOTICOS (A 20.000 Pts/caja de 20 comprimidos)
RISPERDAL (Janssen-Cilag) PA: RISPERIDONA. GT: Antipsicótico tipo Bencisoxazol. IN: Esquizofrenia aguda y crónica con síndromes positivos y/o negativos. Síntomas afectivos asociados a la esquizofrenia. DO: 1-3 mg 2 veces al día. CI: Hipersensibilidad…. PR: 1MG……………….. 20 COMPRIMIDOS. 1MG……………….. 60 COMPRIMIDOS. 3MG……………….. 20 COMPRIMIDOS. 3MG…………………60 COMPRIMIDOS.
ZYPREXA (Lilly) PA: OLANZAPINA. GT: Antipsicótico. IN: Esquizofrenia. DO: 10-15 mg en una sola toma al día. PR: 5MG…………………28 COMPRIMIDOS. 7,5 MG……………..56 COMPRIMIDOS. 10 MG………………. 7 COMPRIMIDOS. 10 MG………………28 COMPRIMIDOS. 10 MG………………56 COMPRIMIDOS.

ANTIDEPRESIVOS CLASICOS
TOFRANIL ( Novartis) PA: IMIPRAMINA, clorhidrato. GT: Antidepresivo Tricíclico. IN: Estados depresivos. Crisis de pánico. Terrores nocturnos. Dolor crónico. Eneuresis nocturna (mayores de cinco años). CI: Angina de pecho. Depresión medular ósea. Depresión del S.N.C. Epilepsia. Esquizofrenia. Gestación… DO: 50-100 mg al día. PR: Grageas de 10 MG. 25 MG. 50 MG. 75 MG. ANAFRANIL ( Novartis) PA:CLOMIPRAMINA, clorhidrato. GT:Antidepresivo tricíclico. IN: Depresiones endógenas, Trastorno Obsesivo Compulsivo. Crisis de pánico. Fobias. Eneuresis nocturna. Narcolepsia. Eyaculación precoz. Esquizofrenia con depresión. DO: 50-100 mg al día. CI: Hipersensibilidad. Infarto agudo de miocardio… PR: 10 MG………..50 GRAGEAS. 25 MG………..40 GRAGEAS. 75 MG………..28 COMPRIMIDOS. 25 MG………..6 AMPOLLAS 2 ML.
TRYPTIZOL (Merck Sharp Dohme) PA: AMITRIPTILINA, Clorhidrato. GT: Antidepresivo tricíclico. IN: Depresión con ansiedad, Insomnio o agitación. Eneuresis nocturna. Neuralgia postherpética. Dolor crónico. CI: Angina de pecho. Depresión medular ósea. Depresión del S.N.C. Epilepsia.. Esquizofrenia. Gestación… DO: 75-100 MG al día en varias tomas o dosis única nocturna. PR: Tabletas de 10 MG. 25 MG. 50 MG. 75 MG. DEANXIT (Lundbeck España) PA: MELITRACENO + FLUPENTIXOL. GT: Antidepresivo y antipsicótico. IN: Estados depresivos con episodios psicóticos. DO: 1 gragea 3 veces al día. CI: Glaucoma. Hipertrofia prostática… PR: 10 MG/50 MCG……………..30 GRAGEAS.
ANAFRANIL ( Novartis) PA:CLOMIPRAMINA, clorhidrato. GT:Antidepresivo tricíclico. IN: Depresiones endógenas, Trastorno Obsesivo Compulsivo. Crisis de pánico. Fobias. Eneuresis nocturna. Narcolepsia. Eyaculación precoz. Esquizofrenia con depresión. DO: 50-100 mg al día. CI: Hipersensibilidad. Infarto agudo de miocardio… PR: 10 MG………..50 GRAGEAS. 25 MG………..40 GRAGEAS. 75 MG………..28 COMPRIMIDOS. 25 MG………..6 AMPOLLAS 2 ML
DEANXIT (Lundbeck España) PA: MELITRACENO + FLUPENTIXOL. GT: Antidepresivo y antipsicótico. IN: Estados depresivos con episodios psicóticos. DO: 1 gragea 3 veces al día. CI: Glaucoma. Hipertrofia prostática… PR: 10 MG/50 MCG……………..30 GRAGEAS.

ANTIDEPRESIVOS “MODERNOS”
PROZAC (Dista) PA: FLUOXETINA, clorhidrato. GT: Antidepresivo ISRS (Serotonina). IN: Depresión. Bulimia nerviosa. Trastorno Obsesivo Compulsivo. DO: Depresión (20 Mg. al día), Bulimia (60 Mg) y T.O.C. (20-60 Mg.). CI: Hipersensibilidad. Niños… PR: 20 MG…………….14 CAPSULAS. 20 MG…………….28 CAPSULAS. 20 MG…………….14 COMPR. DISP. 20 MG…………….28 COMPR. DISP. 20 MG…………….14 SOBRES. 20 MG…………….28 SOBRES. 20 MG…………….SOLU. 70 ML. 20 MG…………….SOLU. 140 ML
DOBUPAL (Almirall Prodesfarma) PA: VENLAFAXINA, clorhidrato. GT: Antidepresivo IRSN (Serotonina) BESITRAN (Pfizer) PA: SERTRALINA, clorhidrato. GT: Antidepresivo ISRS (Serotonina). IN: Depresión. T.O.C. Trastorno por angustia. DO: 1 comprimido al día. CI: Hipersensibilidad… PR: 50 MG………………30 COMPRIMIDOS. 100MG……………… 30 COMPRIMIDOS
REXER (Organon Hermes) PA: MIRTAZAPINA GT: Antidepresivo NASSA (Noradrenalina y Serotonina). IN: Depresión. DO: 1 comprimido al día por la noche.

ANSIOLITICOS
ORFIDAL (Wyeth Orfi) PA: LORAZEPAM. GT: Benzodiacepina de acción corta. IN: Estados de ansiedad. Insomnio. DO: 1 comprimido 3 veces al día o al acostarse. CI: Alergia. Glaucoma. Miastenia. Estados de coma. PR: 1MG…………..25 COMPRIMIDOS 1 MG………….50 COMPRIMIDOS
DIAZEPAM Prodes (Prodes) PA: DIAZEPAM. GT: Benzodiacepina de acción larga. IN: Estados de ansiedad. Insomnio. Epilepsia, incluido “status”. Espasticidad. Síndrome de retirada del alcohol. DO: 2-5 mg 3 veces al día. CI: Alergia. Glaucoma. Miastenia. Estados de coma. PR: 2,5 MG………..40 COMPRIMIDOS. 5 MG………….30 COMPRIMIDOS. 10 MG………… 30 COMPRIMIDOS. 25 MG…………. 20 COMPRIMIDOS. 2MG/ML………….GOTAS 15 ML. 10 MG…………….. 6 VIALES 2 ML. 5 MG……………. 10 SUPOSITORIOS. 10 MG…………… 10 SUPOSITORIOS
DISTRANEURINE (Astra España) PA: CLOMETIAZOL. GT: Hipnótico y ansiolítico. IN: Insomnio. Estados agitados en ancianos. Síndrome de abstinencia en alcohólicos. Intoxicación alcohólica grave. DO: 2 cápsulas tres veces al día o al acostarse, o 60-120 gotas por minuto en el alcoholismo. CI: Estados depresivos. Hipotensión. PR: 192 MG……………. 30 CAPSULAS. 0,8 %……………… 1 VIAL 500 ML.
TRANKIMAZÍN (Pharmacia Upjohn) PA: ALPRAZOLAM. GT: Benzodiacepina de acción media. IN: Estados de ansiedad. Crisis de pánico. Agorafobia. DO: 1 comprimido3 veces al día. CI: Alergia. Glaucoma… PR: 0,25 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 0,5 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 1 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 2 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 2 MG…………… 50 COMPRIMIDOS
TRANKIMAZÍN Retard (Pharmacia Upjohn) PA: ALPRAZOLAM GT: Benzodiacepina de acción retardada. IN: Estados de ansiedad. Crisis de pánico. Agorafobia. DO: 1 comprimido al día. CI: Alergia. Glaucoma… PR: 0,5 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 1 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 2 MG…………… 30 COMPRIMIDOS. 3MG……………30 COMPRIMIDOS
TRANXILIUM (Sanofi Winthrop) PA: CLORAZEPATO DIPOTASICO. GT: Benzodiacepina de acción larga. IN: Ansiedad o angustia aisladas o asociadas a estados depresivos. Insomnio Síndrome secundario postraumático. Angustia senil. Ansiedad menopáusica. Distonías neurovegetativas. DO: de 5 a 30 mg al día y máximo de 100 mg. CI: Hipersensibilidad al Cloracepato dipotásico. Insuficiencia renal, hepática o cardiaca severa. Enfermedad pulmonar obstructiva crónica… PR: Pediátrica. Cápsulas de 5 MG. 10 MG. 15 MG. 50 MG. Inyectable 20 MG. 50 MG. 100 MG .

POSIBLES REACCIONES ADVERSAS – EFECTOS SECUNDARIOS – Y POSIBLE SINDROME DE SUPRESION EN CASO DE RETIRADA NO DESESCALADA PROGRESIVA.*

(* En cada sustancia química se pueden producir unas determinadas Reacciones Adversas u otras de las recogidas aquí, siendo igual para el Síndrome de Supresión. Si se desea más información y específica al respecto de cada sustancia química consultar vademécumes. Pueden conseguirse en bibliotecas de facultades de medicina, por ejemplo.)

ANTIPSICOTICOS – Clorpromacina. Clotiapina. Pipotiacina. Tioridacina. Trifluoperacina.-

R. A. (Reacciones Adversas):
Abulia. Acatisia. Agitación. Agranulocitosis. Alteraciones cardiacas. Alucinación visual. Alucinación auditiva. Amenorrea. Anemia aplástica. Anemia hemolítica. Anorexia. Ansiedad. Arrastre de pies. Ardor epigástrico. Astenia. Atrofia óptica. Aumento de peso. Cefalea. Coloración púrpura de la orina. Confusión. Congestión nasal. Convulsiones. Crisis oculógiras. Depresión psíquica. Dermatitis de contacto. Diaforesis. Diarrea. Disfagia. Dismenorrea. Disminución de la líbido. Edemas. Eneuresis diurna. Eosinofilia. Erupción. Espasmo muscular de cabeza. Espasmo muscular de cuello. Estomatitis. Estreñimiento. Exantema. Excitación. Fatiga. Fotosensibilidad. Frigidez. Galactorrea. Ginecomastia. Glaucoma. Glositis. Granulocitopenia. Hiperhidrosis. Hiperreflexia. Hiperglicemia Hipertermia. Hipertonía. Hiporreflexia. Hipotermia. Hipotensión ortostática. Hirsutismo. Ictericia coloestática. Ileo paralítico. Impotencia. Inhibición de la eyaculación. Inquietud. Insomnio. Lagrimeo. Leucocitosis. Leucopenia. Linfadenopatía. Mareos. Midriasis. Mioclonias. Miosis. Movimiento de bostezo. Movimiento de extensión de la mandíbula. Movimiento bucofacial. Movimiento de masticación. Movimiento de succión. Náuseas. Opistótonos. Pancitopenia. Petequias. Poliuria. Protusión lingual. Retardo de la eyaculación. Retención urinaria. Retención lingual. Retinopatía pigmentaria. Retracción lingual. Rigidez de brazos. Rotación lingual. Rubefacción. Sequedad de boca. Sequedad de la piel. Sialorrea. Síndrome parkinsoniano. Somnolencia. Taquicardia. Tartamudeo. Tasiquinesia. Temblor de manos. Trombocitopenia. Ulceras de boca. Urticaria. Vértigo. Visión borrosa. Visión nocturna alterada. Vómitos.

S.S. (Síndrome de Supresión):
Aumento del apetito. Cefalea. Diaforesis. Diarrea. Hiperidrosis. Insomnio. Irritabilidad. Náuseas. Rinorrea. Vértigo.

ANTIDEPRESIVOS: -Amitriptilina. Clomipramina. Imipramina. Melitraceno.-

R.A:
Acalasia esofágica. Acatisia. Agitación. Agranulocitosis. Agresividad. Alopecia. Alucinación visual. Amenorrea. Anorgasmia. Anorexia. Ansiedad. Arritmia